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lunes, 30 de mayo de 2016

El Marxismo niega a las Mujeres como clase y sujeto histórico




El Marxismo, como ya es conocido de manera universal, desde sus orígenes ha sido una doctrina política, filosófica y económica basada en un análisis materialista-histórico de las relaciones de poder y explotación que se construyeron entre dos clases sociales con situaciones, realidades, intereses socioeconómicos y culturas opuestas.

Pese a que los protagonistas de varias de las revoluciones del siglo pasado se han jactado de llevar a la práctica los principios de la teoría marxista y han celebrado la instauración de nuevos sistemas políticos donde los oprimidos (mejor dicho, la clase obrera) pasaran a controlar el poder político y los medios de producción, lo cierto es que fueron los partidos comunistas de ideología marxista quienes se hicieron cargo de las instituciones burguesas como el Estado, la Justicia y el Ejército y, lejos de extinguirlas, las utilizaron para controlar, reprimir y oprimir al resto de la población. Se constituyeron así como genuinas dictaduras con tutelaje de los comités centrales de los Partidos Comunistas quienes prácticamente se adueñaron de los estallidos sociales, mientras que el "nuevo" sistema económico de producción consistió en verdad de un pasaje del tradicional Capitalismo liberal de corte empresarial a un Capitalismo centralizado de Estado, donde los dueños de los medios de producción fueron los gobernantes.

Si existe una característica muy clara en la teoría y que se evidencia mejor con los hechos históricos, pese a que los discursos actuales suelan ser más seductores e integracionistas para con nuestras compañeras, es que el Marxismo niega estructuralmente a las Mujeres como clase y como sujeto histórico. Sería un grave error incluir a todos los militantes marxistas en este grupo y no es mi intención hacerlo, pero es muy importante aclarar que los ejes básicos de la teoría pensada por Marx y Engels están dirigidas hacia la emancipación del trabajador, del obrero, del hombre proletario, de quien "lleva el dinero a la casa", de quien porta un miembro viril entre sus piernas.

Con respecto a la temática de género, el Marxismo posee una visión reduccionista y tradicionalista para analizarla. Lo hace desde la consideración de una relación lógica entre el trabajo doméstico no remunerado (esfera de reproducción de la fuerza de trabajo de las Mujeres) y su funcionalidad al mantenimiento del sistema capitalista. El pensamiento marxista llega a la conclusión de que la división sexual del trabajo trata de la principal causa de la subordinación de las Mujeres, aunque no la considera como la principal fuente de explotación socioeconómica.

La relación entre Feminismo y Marxismo es contradictoria.
Friedrich Engels, en su obra "El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado" (1884), analizó la situación de las Mujeres durante el auge del sistema capitalista. Para él, la opresión de la mujer (un objeto de comercio, a bajo precio) se debía al matrimonio y a la institución de la familia. Sin ir más lejos, la división sexual del trabajo era comprendida como consecuencia directa de la explotación de las Mujeres por los hombres en el seno de las familias. Esta explotación derivaba de la propiedad privada y de su exclusión del sistema productivo. Por este motivo es que Engels plantea la propuesta de que las Mujeres únicamente lograrían su liberación una vez que trabajasen "fuera del hogar" (la base fundamental para su emancipación entonces sería la independencia económica), es decir, jugando el papel del típico obrero de las fábricas; y luego de que se llevara a cabo la Revolución Socialista.


El error más importante que comete el Marxismo en su vago intento por dar una salida a la situación de doble explotación sufrida desde hace siglos por las Mujeres es separar la noción de clase de la de género. En palabras de la historiadora austríaca Gerda Lerner (1920-2013): “la esclavitud de las mujeres, que combina racismo y sexismo a la vez, precedió a la formación y a la opresión de clases. Las diferencias de clase estaban en sus comienzos expresadas y constituidas en función de las relaciones patriarcales. La clase no es una construcción aparte del género, sino que más bien la clase se expresa en términos de género.” (La creación del Patriarcado, 1990). Una persona teórica que se ocupará de pensar métodos posibles para la transformación de la realidad de las Mujeres debe considerar al género como una expresión de la clase en cuestión, mientras que no debería subordinar las problemáticas de las Mujeres a la lucha de clases únicamente limitada al terreno de las relaciones económicas.





Ni clase ni sujeto histórico





Desde la comprensión de tipo marxista de las relaciones de poder, la lucha de las Mujeres se enmarca hacia el interior de la lucha de clases. De esta manera, las Mujeres no pueden constituirse como una clase en sí (pertenecen a la clase obrera o a la clase burguesa, aunque con la coincidencia de que en ambos grupos de pertenencia, son oprimidas por los hombres), y ni siquiera pueden hacer uso de su conciencia propia como individuo (no conforman un sujeto histórico con la capacidad suficiente para transformar su realidad y dar origen a hechos históricos revolucionarios, sino que dependen de las acciones radicales realizadas por las masas obreras lideradas por un partido político u organización), ya que ésta se encuentra determinada por las estructuras superiores sobre las que descansa la dialéctica entre las clases sociales consideradas como sujetos históricos sólo en base a la propiedad o no de los medios de producción.


Para fundamentar este primer cuestionamiento al Marxismo, una ideología política que niega estructuralmente a las Mujeres, se adjuntará a continuación un extracto teórico de una materialista histórica reivindicada así misma como feminista-materialista. Monique Wittig (1935-2003), en su texto "No se nace Mujer" de 1981, expresaba lo siguiente:

El marxismo ha negado a los integrantes de las clases oprimidas el atributo de sujetos. Al hacer esto, el marxismo, a causa del poder político e ideológico que esta “ciencia revolucionaria” tuvo inmediatamente sobre el movimiento obrero y los otros grupos políticos, ha impedido a todas las categorías de las personas oprimidas que se constituyan históricamente como sujetos (como sujetos de sus luchas, por ejemplo). Esto significa que las “masas” no luchaban por ellas mismas sino por el partido o sus organizaciones. Y cuando una transformación económica tuvo lugar (fin de la propiedad privada, constitución del estado socialista), ningún cambio revolucionario tuvo lugar en la nueva sociedad, porque las propias personas no habían cambiado. Para las mujeres, el marxismo tuvo dos consecuencias. Les hizo imposible tomar conciencia de que eran una clase y por lo tanto les impidió constituirse como clase durante mucho tiempo, dejando la relación “mujeres/hombres” fuera del orden social, haciendo de ella una relación “natural” —sin duda, la única relación vista de esta manera por los marxistas, junto con la relación entre mujeres e hijos—, y ocultando finalmente el conflicto de clase entre hombres y mujeres tras una división natural del trabajo (La ideología alemana). Esto en lo referente al nivel teórico (ideológico). En la práctica, Lenin, partido, todos los partidos comunistas hasta hoy, incluyendo a todos los grupos políticos más radicales, han reaccionado siempre contra cualquier tentativa de las mujeres de reflexionar y formar grupos basados en su propio problema de clase, con acusaciones de divisionismo. Al unirnos, nosotras, las mujeres, dividimos la fuerza del pueblo. Esto significa que, para los marxistas, las mujeres pertenecen ya sea a la clase burguesa o a la clase obrera, o en otras palabras, a los hombres de esas clases. Más aún, la teoría marxista no permite a las mujeres, como a otras clases de personas oprimidas, que se constituyan en sujetos históricos, porque el marxismo no tiene en cuenta que una clase también consiste en individuos, uno por uno. La conciencia de clase no es suficiente. Tenemos que intentar entender filosóficamente (políticamente) estos conceptos de “sujeto” y “conciencia de clase” y cómo funcionan en relación con nuestra historia. Cuando descubrimos que las mujeres son objeto de opresión y apropiación, en el momento exacto en que somos capaces de reconocer esto, nos convertimos en sujetos en el sentido de sujetos cognitivos, por medio de una operación de abstracción. La conciencia de la opresión no es sólo una reacción (una lucha) contra la opresión: supone también una total reevaluación conceptual del mundo social, su total reorganización con nuevos conceptos, desarrollados desde el punto de vista de la opresión. Es lo que yo llamaría la ciencia de la opresión, creada por los oprimidos. Esta operación de entender la realidad tiene que ser emprendida por cada una de nosotras: llamémosla una práctica subjetiva, cognitiva. Este movimiento de ida y vuelta entre los dos niveles de la realidad (la realidad conceptual y la realidad material de la opresión, que son, ambas, realidades sociales) se logra a través del lenguaje.

Somos nosotras quienes históricamente tenemos que realizar esa tarea de definir lo que es un sujeto individual en términos materialistas. Seguramente esto parece una imposibilidad, porque el materialismo y la subjetividad siempre han sido recíprocamente excluyentes. Lejos de desesperarnos por no entenderlo, tenemos que comprender así el abandono por muchas de nosotras del mito de “la-mujer” (que es sólo un espejismo que nos distrae en nuestro camino); ello se explica por esta necesidad que tiene cada ser humano de existir como individuo, y también como miembro de una clase. Esta es tal vez la primera condición para que se consume la revolución que deseamos, sin la cual no hay lucha real o transformación. Pero, paralelamente, sin clase ni conciencia de clase no hay verdaderos sujetos, solamente individuos alienados. Para las mujeres, responder a la cuestión del sujeto individual en términos materialistas consiste, en primer lugar, en mostrar, como lo hicieron las feministas y las lesbianas, que los problemas supuestamente subjetivos, “individuales” y “privados” son, de hecho, problemas sociales, problemas de clase; que la sexualidad no es, para las mujeres, una expresión individual y subjetiva, sino una institución social violenta. Pero una vez que hayamos mostrado que todos nuestros problemas supuestamente personales son, de hecho, problemas de clase, aún nos quedará responder al problema del sujeto de cada mujer, tomada aisladamente; no el mito, sino cada una de nosotras. En este punto, creo que sólo mas allá de las categorías de sexo (mujer y hombre) puede encontrarse una nueva y subjetiva definición de la persona y del sujeto para toda la humanidad, y que el surgimiento de sujetos individuales exige destruir primero las categorías de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (prácticamente todas las ciencias humanas).


El movimiento de Mujeres alzando su voz, signo de existencia como sujeto histórico.

Pareciera ser que los marxistas no comprenden que "lo personal es político", y que las problemáticas que afectan a cada una de las compañeras no son simplemente "anacronismos del Capital" (como definía Marx a los conflictos generados por fuera de la órbita de la relación Capital-Trabajo), si no manifestaciones de la opresión del Patriarcado sobre ellas. Del mismo modo que el Marxismo no tiene en cuenta las cuestiones de raza, cultura o la heterogeneidad de la clase de los oprimidos (no sólo está compuesta por trabajadores asalariados de las urbes urbanas), minimiza las cuestiones que atraviesan y afectan a las Mujeres, tanto como individuos y como clase.

La destrucción del Capitalismo, entendido éste como un sistema de producción de bienes y servicios que privilegia al Hombre burgués y también al proletario, no determinará la finalización de la opresión sobre las Mujeres. Es menester construir teoría y praxis revolucionarias que concuerden con los intereses y las necesidades del sujeto histórico ‘Mujeres’ y, como podemos concluir, el Marxismo carece de estos elementos vitales para la emancipación.



Si no será feminista, simplemente no será revolución.



domingo, 8 de mayo de 2016

Simbología anarquista: Significado y origen de la Bandera Negra




   A lo largo de la historia, los diferentes grupos de personas organizadas bajo ciertos principios han creado y dado significado a los símbolos con los que han identificado sus objetivos, valores e idiosincrasias. La bandera constituye el ejemplo más común de ello.

   Es un trozo de tela de forma rectangular con uno o más colores y, en la mayoría de los casos, conteniendo símbolos, letras o números. Puede tener franjas diagonales, verticales u horizontales. Los países, ejércitos, organizaciones políticas, asociaciones civiles o las ONG’s cuentan con bandera. De igual forma, el movimiento libertario también posee su bandera tradicional. Sin embargo, lo que distingue a la bandera adoptada por el Anarquismo de las otras es que ésta es concebida como una “antibandera”, representante directa del Internacionalismo y haciendo honor al famoso lema “sin fronteras, ni banderas”, ya que no posee símbolos inscriptos que distingan, siguiendo así una lógica de unidad de los pueblos.


Significado de la Bandera Negra


Logo de la Bandera Negra
   Desde finales del siglo XIX, la prensa burguesa ha relacionado el color negro con el movimiento libertario, y no es para menos. El color oscuro presente en la totalidad de la bandera simboliza la pureza e incorruptibilidad de los ideales anárquicos (el color negro nunca se ensucia), al mismo tiempo representa al Internacionalismo (en contraposición a las cientos de banderas nacionales, todas distintas entre sí), y a la vida (la tierra fértil es negra).

   Por otro lado, la Bandera Negra es un claro signo de rebeldía, resistencia y lucha permanente contra la sumisión (teniendo a consideración la típica bandera blanca que identifica la rendición ante una adversidad). Además, el hecho de que no cuente con símbolos indica una rotunda negación al culto, a las tradiciones culturales y a toda ideología que pueda llegar a subordinar a sus seguidores.



Historia y origen


   Según archivos de historia contemporánea, una bandera negra fue izada por primera vez en julio de 1830 en la Torre de la Cámara de París. Quienes la hicieron flamear en el recinto parlamentario fue un grupo de gente que irrumpió para expresar rechazo a los políticos de la sala. El hecho llegó a tener cierto apoyo en las afueras de la ciudad, ya que en la ciudad de Reims unos albañiles protestaron luego con banderas negras con el lema “Trabajo o muerte”.

   Meses más tarde, ya en el año 1831, nuevamente trabajadores (esta vez, fueron ‘Cannuts’ -obreras y obreros de la industria textil- de Lyon) que se manifestaron contra la burguesía por los bajos sueldos y las extensas jornadas laborales que sufrían, desplegaron banderas negras con el emblema “vivir trabajando o morir combatiendo”. El 21 de noviembre de ese mismo año los manifestantes volvieron a las calles aunque esta vez la represión fue salvaje y ocasionó decenas de muertes. En esta fecha, las banderas negras tenían un símbolo de un cráneo.

   La Bandera Negra, en sus orígenes, también apareció en la insurrección de Dresde en 1849 donde fue utilizada por Mijaíl Bakunin, y en Clamart, por Louise Michel. Con el correr del tiempo, se haría popular su uso en las revueltas sociales, principalmente en las de Francia.

   En la revolución de 1871 que desembocó en la Comuna de París, las fuerzas comunistas emplearon la bandera roja para identificarse, aunque Jules Valtes había propuesto en cambio que se usara la bandera negra por su apariencia “más radical y triste”. Louise Michel apoyó esa idea, aunque luego fuera desestimada. Michel, en el discurso del primer aniversario de la Comuna de París, expresó: “¡No más banderas rojas pintadas en la sangre de nuestros soldados! Yo ondearé la bandera negra que toma el luto de nuestros muertos y nuestros dolores.” Indudablemente, fue Michel quien más influenció al movimiento anarquista para que adoptase la Bandera Negra como un símbolo de lucha y honor por los compañeros caídos.

   La década de 1880 fue fundamental para que se consolide el color negro dentro de la simbología anarquista. Uno de los argumentos fue el diferenciarse del color rojo que utilizaban los socialistas que apoyaban el ‘Socialismo de Estado’. El periódico francés Le Drapeau Noir (“Bandera Negra”, en francés), que existió hasta el año 1882, fue una de las primeras publicaciones que hicieron eco de esta situación. Por su parte, en julio de 1881 se fundó el grupo anarquista Black International en Londres. A partir de 1883, cuando se intensificó la agitación social masiva en territorio francés, la Bandera Negra termina de adoptarse definitivamente entre los militantes anarquistas.

Recreación de anarquistas izando la Bandera Negra.

   Entre 1890 y 1894, anarquistas italianos que fundaron la Colonia Cecilia en el norte de Paraná -Brasil- solían izar en los arboles más altos de la región, banderas negras que se distinguían como símbolos de la experiencia libertaria en Sudamérica.

   Tras la revolución de Octubre en la Rusia soviética, entre los años 1918 y 1922, las tropas lideradas por Néstor Makhno llevaban consigo banderas negras (algunas con el dibujo de un cráneo en el medio) durante los ataques contra los blancos en Ucrania y en la resistencia contra el Ejército Rojo cuando se defendió las comunas libertarias ucranianas.

   Otras dos famosas apariciones de la Bandera Negra se dieron durante el siglo XX. La primera ocurrió en los años 30 en plena Guerra Civil Española cuando anarquistas de la columna de Durruti las flameaban en los enfrentamientos contra las fuerzas fascistas. Tres décadas más tarde, precisamente en 1968, nuevamente París fue el centro de una gran revuelta social que generó consecuencias a nivel internacional. El Mayo Francés, provocado por estudiantes y obreros que pusieron en jaque las estructuras del poder estatal, fue testigo de la presencia de cientos de banderas negras portadas por anarquistas y jóvenes autoorganizados que anhelaron con el cese de la explotación capitalista y el fin de la opresión.

   Desde entonces, y hasta el día de hoy, la Bandera Negra sigue siendo un elemento propio de la identidad del movimiento libertario en cada región del mundo. Está presente en concentraciones, movilizaciones, insurrecciones sociales y en todas las manifestaciones de los pueblos contra el Capital, el Estado y su aparato represivo. No distingue a los unos de los otros, sino que une a los luchadores sociales en la acción y en la lucha. La Bandera Negra es una negación de las otras banderas que dividen a los pueblos del mundo.


La Bandera Negra niega a las demás que dividen a los pueblos.

sábado, 12 de marzo de 2016

Simbología anarquista: Significado y origen de la Ⓐ




   El Anarquismo, como movimiento emancipatorio, filosofía de vida e ideología política, posee varios símbolos que históricamente lo han representado o, que al menos, han sido empleados por grupos y organizaciones que simpatizaron con sus ideales o que han llevado a la práctica sus propuestas revolucionarias. Sin lugar a dudas, el símbolo que se nos presenta a continuación trata del más popular del movimiento anarquista. Es el más utilizado entre sus militantes y seguidores, y, a su vez, el más reconocido por el resto de la población mundial.

   La A circulada consiste en una letra A mayúscula rodeada por un círculo, el cual simboliza al principio de unidad, que representa un equilibrio del orden natural de los individuos que carece de cualquier tipo de centralización. A falta de una concentración de poder, el orden natural fluye por si mismo; en cada individuo y en el conjunto social. Por otro lado, el círculo implica una concreta determinación para con los hechos. Desde un punto de vista teórico, la puede ser interpretada como la simbolización de la máxima de Pierre Joseph Proudhon ,“La Anarquía es orden”, donde la A simboliza a la Anarquía y el círculo al orden.

   El hecho de que este símbolo sea el mismo en diferentes culturas e idiomas, le provee mucha facilidad de reconocimiento en todo el sistema internacional. A su vez, y de forma lógica, permite detectar la presencia de anarquistas en cualquier región del mundo. Por último, es menester aclarar que la A circulada suele ser utilizada por grupos afines al ideario anárquico pese a que sus interpretaciones ideológicas y especificidades puedan variar.


Origen del símbolo

 

   Como sucede con la mayor parte de los símbolos históricos, el origen de la (en su sentido anarquista) también posee distintas versiones.
La Ⓐ del Consejo Federal de España - AIT

   El registro más antiguo de uso de una A circunvalada data de 1868, cuando el masón Giuseppe Fanelli estableció una como símbolo del Consejo Federal de España de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT – I Internacional), aunque aquella A difiere mucho de la que actualmente es considerada como propia del movimiento anarquista. De hecho, trata más bien del “nivel en un círculo” masón, ya que además se puede visualizar una plomada, herramienta típica de la masonería, y un símbolo de la rectitud de conducta.

   El segundo registro mas añejo también se presenta en España, donde la revista ‘Fight the State’ ha expresado que un miliciano anarquista utilizó el símbolo en su casco durante la Guerra Civil Española en la década de 1930. De igual manera, es poco probable que este miliciano haya sido el creador o la primera persona en utilizar la Ⓐ porque la situación redactada es incomprobable.

La Ⓐ del Anarquismo
   La versión más difundida consta de que el símbolo nace y adquiere con fuerza su verdadero significado en los años previos al Mayo francés. Esta versión sostiene que precisamente fue el grupo anarquista francés Jeunesse Libertaire quien creó el símbolo en el año 1964, mientras que el también francés Alliance Ouvrière Anarchiste (AOA) lo adoptó como emblema oficial el 25 de noviembre de 1965. Según expresó la Jeaunesse Libertaire en un boletín de la época, el principal objetivo de crear un símbolo simple y distintivo como la , era aglutinar al conjunto de los anarquistas evitando que la distinción de tendencias los dividiera aún más de lo que ya estaban. De ésta forma lo argumentaron:

 “Diversas razones nos impulsaron a tal: torna mucho más accesible los escritos, garantiza más eficacia en los murales y escritos en las paredes en las calles; y, sobre todo, sugiere una presencia más amplia del movimiento anarquista en la órbita de mucha gente, además de que permite dar un carácter común a todas las manifestaciones del Anarquismo. En segundo lugar, se trata de utilizar un medio práctico que, por un lado consiste en llevar en el menor tiempo posible a hacerlo como símbolo moral, y, por otro, permite fácil identificación entre todos los compañeros anarquistas. (…) Nosotros usamos la A que es la primera letra del alfabeto de todas las lenguas y de todos los tiempos. En resumen: facilita una conexión mental automática y ayuda así a nuestra propaganda.”

   Pese que ésta sea la versión más difundida, es prácticamente imposible que los jóvenes franceses le hayan dado origen a la , ya que existen evidencias fehacientes de su uso por organizaciones de índole anarquista, varias décadas, e inclusive, hasta un siglo atrás.

   En el año 1966, un joven anarquista italiano que se encontraba nucleado orgánicamente en el círculo Sacco y Vanzetti comenzó a usar públicamente la exportada de Francia. Dos años después, para 1968 el símbolo ya formaba parte de las pintadas rutinarias de las paredes y calles de la ciudad de Milán para, tiempo más tarde, trascender las fronteras.

   La última versión, totalmente descartada por la mayoría de los anarquistas de hoy y ayer, parte de la posibilidad de que la haya surgido con el movimiento anarcopunk a fines de la década de 1970. Sin embargo, sí es cierto que los anarcopunks han sido los máximos difusores del símbolo, y es en el día de hoy que la A circulada ilustra muchísimas paredes, murales, cortinas de tiendas y calles, gracias a la acción del movimiento anarcopunk.

   La hermana a los anarquistas, nos une ante la simbología de las otras ideologías. Más allá del símbolo y su forma, lo importante es el significado. La representa el nuevo orden que sucederá al statu quo capitalista y sus relaciones de explotación, el orden de la Anarquía.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La Intervención Social del Estado y sus instrumentos




   El Estado, como estructura conservadora de poder e institución vertical, dispone de un conjunto de herramientas cuyo uso permanente permite su existencia continua. Uno de esos elementos es el sufragio, por lo general, universal y obligatorio. Éste legitima, cuestión no menor, pero no contempla los requerimientos suficientes como para promover el mantenimiento del Estado.

   La ISE (siglas que corresponden a la Intervención Social del Estado), se presenta como el conjunto dinámico de intervenciones activas que lleva a cabo el aparato estatal, las cuales se encuentran estratégicamente dirigidas a la regulación del mercado de trabajo, y con ésta, controlar la cuestión macroeconómica del país. La ISE busca modificar las condiciones de vida de la población o de algún grupo de ella en particular mediante la concreción de políticas sociales, demográficas y laborales; y, a su vez, determinar la configuración económica de la región.

   Éste tipo de dinamismo, por cierto muy eficaz para con sus objetivos, acciona a través de distintos mecanismos de intervención estatal para con la sociedad. El empleo o no de estos instrumentos depende concretamente del tipo de modelo de crecimiento económico (en otras palabras, de acumulación capitalista bajo un sistema productivo de tipo capitalista) optado por la clase política que gobierna el periodo determinado en cuestión.

Durante el Neoliberalismo, el Estado sigue teniendo un rol activo (negativo).
   Uno de los mecanismos consta de la Política Laboral, que a su vez presenta dos dimensiones. Por un lado, la Legislación del Trabajo por la que se establecen, relación tripartita de actores (negociación colectiva entre Estado, sindicato y representantes de la burguesía) por medio, condiciones referidas al ámbito laboral, reglamentación y reformas sobre contratación y despido -directo, con causa justa o por negociación-, y la legislación laboral procede a estabilizar las relaciones de poder entre Capital (empresarios) y Trabajo (trabajadores). La segunda dimensión del instrumento Política Laboral tratan de las Medidas de Política del Trabajo que se toman para regular las condiciones, características y orientaciones de la Oferta de fuerza de trabajo, su distribución por sectores, la conformación de incentivos que contribuyan a un aumento o una reducción de la movilidad geográfica de los trabajadores y la capacitación profesional en el lugar de trabajo.

   Un segundo instrumento de Intervención Social del Estado es la Provisión de bienes, servicios y transferencias. Su utilización es fundamental para el Estado, quien por medio de éste administra los recursos económicos obtenidos por la recaudación tributaria, y los destina a la ejecución de programas concernientes al sistema de salud, a la educación pública y planes de vivienda; además como apoyo económico a la población mediante subsidios y otras transferencias financieras que beneficien al consumo interno. La Provisión de BST adapta el volumen y calidad de la fuerza de trabajo a lo pretendido por las patronales; es responsable de efectuar una redistribución del ingreso, y también incide sobre las tasas de participación.

   Otro instrumento es el Sistema de Seguridad Social, el cual se encarga de proveer un ingreso mínimo a los trabajadores que atraviesan situaciones de desempleo, vejez o enfermedades que dificultan la actividad laboral. A diferencia de la Provisión de BST, la Seguridad Social fue constituida y hoy es solventada por la población asalariada. Establece  límites a la Oferta de fuerza de trabajo, reduciéndola mediante los sistemas de jubilación, por lo que la regula en cuanto a volumen, y además condiciona las referencias salariales básicas sobre las que se reproducen las disputas de intereses entre Capital y Trabajo.

La represión es fundamental para la existencia del Estado.
   Por último, la Represión se presenta como una forma extrema de reducir la conflictividad social. El Estado tiene a su servicio el monopolio ‘legítimo’ (y legal bajo sus leyes) de la violencia física sobre las personas, motivo por el cual cuenta con una amplia estructura militar/policíaca encargada de controlar la agitación social, criminalizar la protesta, erradicar la subversión y regular la Oferta de fuerza de trabajo. La Represión no sólo está presente en regímenes autoritarios sino que todos los Estados del mundo la aplican en el día a día.


   Existen diversos medios por los cuales el Estado influye, condiciona o determina aspectos fundamentales para el funcionamiento de una sociedad. La Intervención Social del Estado constituye la más importante dinámica intervencionista, ya que a través de ella se logra reducir paulatinamente el conflicto entre los grupos sociales e intervenir activamente para alcanzar soluciones pacíficas a las demandas e intereses contrapuestos de las clases, evitando así, estallidos, revueltas populares y procesos sociopolíticos revolucionarios que pongan en jaque la existencia del sistema centralizado administrador de las relaciones sociales de poder: el Estado.

jueves, 15 de octubre de 2015

Simbología anarquista: Gato Negro




   Los símbolos representan características, valores o fines de una organización, movimiento social o, inclusive, de un partido político. A medida que avanza la historia, nuevos atributos, imágenes, signos, siglas y números, son empleados como símbolos característicos de un grupo de personas. El anarquismo no es ajeno a ésta práctica. Por el contrario, el anarquismo como pensamiento filosófico, movimiento ideológico y práctica emancipadora es rico en simbología.

 
   La donde se visualiza una A mayúscula redondeada por un círculo que simboliza a la ‘unidad’ es el símbolo más reconocido del anarquismo. Otros símbolos son la bandera rojinegra (utilizadas por el anarcosindicalismo y el anarcocomunismo) que representa la unión entre el anarquismo –color negro- y el movimiento obrero -rojo-; la Bandera Negra utilizada por muchísimas organizaciones de tendencia libertaria a lo largo del mundo; la Rosa Negra Anarquista, y la Cruz Negra que caracteriza a la organización humanitaria Cruz Negra Anarquista que lucha por la liberación de presos, proponiendo la abolición absoluta de los sistemas carcelarios por un lado, y apoyando propuestas alternativas a las cárceles, por el otro.

 
Gato Negro
 
   Un sexto símbolo del anarquismo, y que tal vez sea el de menor conocimiento público acerca de su significado, aunque bien reconocido popularmente, es el Gato Negro Anarquista. También conocido como “gato montés” o “gato salvaje” (“wild cat”, en inglés), este felino se recrea simbólicamente, por lo general, con su espalda arqueada (en posición de defensa instintiva a causa de un susto o enojo ocasionado por un estímulo externo), sacando las uñas y los dientes, preparado para atacar.

 
   Se encuentra estrechamente relacionado con el anarquismo y dentro de éste, precisamente con su corriente sindical, el anarcosindicalismo. Fue diseñado por el anarcosindicalista estadounidense Ralph Chaplin (1887-1961), quien con apenas siete años se inició en el activismo obrero. Editor de la publicación “Solidarity” perteneciente a la Industrial Workers of the World (IWW), Chaplin se destacó también por haber escrito la letra del himno de la organización, “Solidarity Forever”.

 
 
 
   El Gato Negro, o “wildcat”, esencialmente trata de un gato en rebelión. Es el símbolo de la IWW, y simboliza a las huelgas “salvajes” (conocidas como “wildcats strikes”, en inglés), que son autónomas e independientes de las directivas o decisiones de las dirigencias burócratas de los sindicatos, motivo por el cual representa al sindicalismo más radical.
 
   Según el relato más difundido sobre el origen de éste símbolo, Ralph Chaplin lo habría tomado de una histórica huelga que transcurría por momentos difíciles, estando muy debilitada porque varios de sus miembros se encontraban en el hospital como consecuencia de una feroz golpiza recibida por una patota que respondía al sector patronal. Por eso se preveía la finalización de la huelga con derrota para los obreros. Durante esos momentos críticos, apareció un gato negro enfermizo que caminó por el campamento levantado por los huelguistas, quienes sin dudarlo lo alimentaron. Cuando el felino recobró su salud y bienestar físico, la huelga dio un revés que comenzó a dar resultados positivos, gracias a los cuales los trabajadores lograron obtener varios de sus reclamos, y terminaron adoptando como mascota del grupo al gato negro.
 

   Como símbolo histórico que es, el gato negro ha sido asociado con la brujería antigua y moderna, con las malas suertes y hasta con la muerte. Sus inicios se remontan a las culturas hebrea y babilónica, desarrolladas hace más de dos milenios. Actualmente no sólo el anarquismo hace uso de este símbolo, sino que lo comparte con la brujería y la Wicca, una religión neopagana, a la que se la vincula con actos de brujería, politeísmo y rituales individuales de iniciación. No obstante, la representación del gato que en éstas se hace difiere de la del anarquismo, ya que aquí el gato no posee la espalda arqueada, no se posiciona para defenderse.
 
   El logo del “Gato Negro” anarquista ha sido empleado por varios colectivos militantes culturales, agrupaciones libertarias y hasta sindicatos. Es el caso de la Freie Arbeiter-Union (FAU), un sindicato anarquista fundado en el año 1977 en Alemania, que posee al Gato Negro como emblema característico. Por su parte, la Confederación General del Trabajo (CGT) que nació en 1979 de una escisión de la histórica CNT en España, y que actualmente es el sindicato libertario más grande del mundo con más de 80.000 afiliados, posee al Gato Negro como uno de sus símbolos representativos, aunque el felino pasa a conformarse por dos colores: rojo y negro.
 
 

El "Gato Negro" empleado en símbolos de la FAU y la CGT.
 

jueves, 6 de agosto de 2015

Heteronormatividad y heterosexualidad obligatoria




   La heteronormatividad es un complejo sistema social, político, económico y cultural regimentado e impuesto en el capitalismo patriarcal, cuyo objetivo es la normalización de las relaciones sexoafectivas, las prácticas sexuales entre personas de distintos sexos y los vínculos heterosexuales de parentesco. El mantenimiento del régimen es posible mediante el uso de diversos mecanismos educativos, jurídicos, comunicacionales y religiosos, la acuñación social de costumbres machistas e idealización de la familia tipo, y a través de la estratégica existencia de instituciones jerarquizadas de control dependientes del Estado. Este cúmulo de cuestiones sumado a la recíproca reproducción de los procesos de marginalización, discriminación, persecución y hasta represión sobre aquellas personas que evaden la norma sexual constituida en el patriarcado, y promovida en complicidad con la religión y el ente estatal, permiten garantizar un pleno funcionamiento de la heteronorma como modelo de vida de los integrantes de la sociedad.

   El primer uso del concepto “heteronormatividad” se produce en el año 1991. Fue Michael Warner quién la definió por primera vez como “el conjunto de las relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y se reglamenta en nuestra cultura y las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equiparan con lo que significa ser humano”. A su vez, Samuel A. Chambers empleó a la heteronormatividad en varios de sus artículos, y teorizándola como “el conjunto de las expectativas, demandas y restricciones producidas cuando la heterosexualidad es tomada como normativa dentro de una sociedad”. Ambas posturas coinciden en que el aspecto determinante del proceso de la heteronormatividad es la búsqueda de la normalización de la heterosexualidad.

   La imposición de la heteronormatividad es una consecuencia de la posteridad a la aceptación de la “heterosexualidad obligatoria” (concepto introducido por Adrienne Rich en 1980) como base fundamental de los seres humanos. La heterosexualidad es comprendida como la única orientación sexual, psíquica, física y social que se adapta a lo entendido como normalidad social. Creer, suponer, para luego obligar al resto a pensar que la atracción sentimental por el sexo opuesto es una sensación normal, natural y correcta resume brevemente el proceso previo al intento de idealización de la relación dual hombre-mujer. En el correlato, además, se sucede la idea de estigmatizar a la homosexualidad y demás prácticas afectivas-sexuales “anormales” que atenten contra el orden natural, para así facilitar la construcción de una heterosexualidad idealizada. Ésta teoría es llevada a la práctica por el institucionalismo religioso-estatal, y desde entonces, cuestionada por mujeres, hombres, feministas y quien esté a favor la liberación sexual.

   Cuando la heterosexualidad pasa a regirse tornándose obligatoria, la identidad de género, la sexualidad y el sexo biológico se subordinan a un binarismo sexual. Así como los animales varían sexualmente entre machos y hembras; para los seres humanos, según enseñan las instituciones heteronormativas, también existen sólo dos categorías, (hombre y mujer), distintas y complementarias entre sí en todos los niveles de desarrollo de las relaciones humanas. Mientras los géneros socialmente perceptibles -cuya existencia es visibilizada- son el masculino y el femenino, se busca el ninguneo de las disidentes manifestaciones sexuales de las personas.

   La base ideológica de la heteronormatividad es el binarismo sexual que intenta reducir al ser humano a dos categorías públicas de individuos, con manifestaciones, sentimientos, acciones normales e identidades sexuales determinadas. Previo al trabajo de Warner donde teoriza a la ‘heteronormatividad’, desde el feminismo (por medio de las lesbianas Monique Wittig y Gayle Rubin) ya se había cuestionado a la noción de “binarismo sexual”, teniendo a consideración que, desde la percepción de género, no hay argumentos válidos como para sostener que identidad de género, sexo físico y género social tengan que acoplarse para luego ser subordinados al ámbito masculino o femenino. Además se ha criticado la “normal”, “natural” y “correcta” heterosexualidad que, según Wittig, “es un régimen político que contiene un pensamiento ideológico, ‘straigh-hetero’”; y se llegó a determinar a las identidades anormales, discursos, formas y prácticas sexuales opuestas a la heteronorma como “lo otro” (conformado por lesbianas, gays, trans, bisexuales, asexuales, queer y demás formas distintas de percibir la sexualidad humana), que está inmerso en una situación de opresión.

 


   Las instituciones heteronormativas tratan de erradicar las manifestaciones sexuales anormales de la conciencia social, empleando la denigración, el maltrato, y el rechazo contra sus exponentes, a quienes se les niega su identidad sexual, bloqueándoles el acceso a la educación, a la política y la cultura o impidiendo su participación legal y democrática. Actúan en base a sus principios, en defensa de la heterosexualidad normalizada, por lo que tienden a marginar a la homosexualidad no deseada y ejerciendo un pleno heterosexismo.
   En sociedades controladas por poderes políticos, jurídicos y legales heteronormativos, condicionadas por las religiones, prejuicios del sentido común propio del patriarcado, tabúes sobre la sexualidad (la cual está condicionada por el racismo, sexismo y clasismo), y la firme creencia en la heterosexualidad, resulta todo un dilema para el individuo exteriorizar una identidad sexual distinta a las concebidas por la heteronormatividad. Por eso es muy común que termine optando por interiorizarla, lo que conllevará indefectiblemente a su negación, ya sea por temor a la degradación psicosocial del entorno o al ataque estatal-religioso que sufriría.

   Independientemente de nuestra orientación sexual (incluso si somos heterosexuales) debemos comenzar a solidarizarnos con todos aquellos que no ingresan en lo normalmente impuesto. La brecha entre ellas, ellos y nosotrxs debe desaparecer, porque nadie está en condiciones de afirmar qué es lo normal, qué es lo natural y qué es lo correcto en la sexualidad, y mucho menos, de juzgar al resto. Somos individuos que conformamos una sociedad desigual, donde nadie es igual al otro y los gustos varían por completo. 


Respeto y dignidad para todas las identidades sexuales.


martes, 21 de julio de 2015

Legalidad: Una cuestión de poder




   La institución de la Ley tiene su origen, conformación, reforma y mantenimiento en el interés estratégico del Estado por crear relaciones de poder (donde su Corte Suprema goza de una absoluta arbitrariedad para juzgar) justificables en base a los principios de la legalidad técnica-racional diagramada por su aparato legislativo y puesta en funcionamiento por el poder judicial.
   La estructura legal está compuesta por leyes, que son reglas formalizadas de cumplimiento obligado, que rigen en una supuesta consonancia con la justicia y la ética de la población, empleadas con el objetivo de obligar, regular o prohibir actos, procesos y prácticas de individuos o grupos. Éstas son propuestas (bajo sus valores), tratadas (en base a su idiosincrasia) y sancionadas (de acuerdo a su moral y prejuicios) por los legisladores (burocracia) del Estado nacional. Es decir, un grupo de unos pocos miles de políticos (una casta económicamente estéril) financiados por la sociedad, ejerce la función legalizadora de normas que luego deberán ser respetadas, o en su defecto habrá castigo penal o financiero, por los ciudadanos y campesinos de un país.

   La legalidad necesita la existencia de una sociedad sumisa que sirva como fuente de garantía para su legitimación. Al fin y al cabo el Estado, inundado de pragmatismo, busca que los habitantes lo constituyan como un Estado de Derecho, al que se le otorgue una suprema potestad para dominar las relaciones sociales, intervenir en los conflictos surgidos entre personas y, sobretodo, para contener todo movimiento revolucionario que cuestione los privilegios de las clases dominantes y afecte a la paz social. Además, en estos sistemas estatales el ciudadano común se suma activamente a la defensa de la legalidad tras incorporar la Cultura de la Legalidad.



Cultura de la Legalidad



   Roy Godson, profesor emérito de la Universidad de Georgetown, define a la Cultura de la Legalidad de una sociedad como “el conjunto de creencias, valores, normas y acciones que promueve que la población crea en el Estado de Derecho, lo defienda y no tolere la ilegalidad”. Godson plantea que la Cultura de la Legalidad incita a la involucración voluntaria de los ciudadanos a las instituciones, para apoyarlas, participar en el sostenimiento del sistema judicial, y reducir las ilegalidades en todos los estratos sociales.
   Trata de un mecanismo de autorrealización personal y control social, que prioriza el respeto a la ley (sin importar si la disposición formal haya tratado de un arbitraje político), las costumbres regionales, la normalidad y es la máxima expresión de la legitimación de la justicia injusta que provee el sistema judicial del Estado. La sociedad forma una militancia de la legalidad y justicia (burguesas), creyendo que es la mejor manera de contribuir al interés público y que lo beneficiará a largo plazo. La realidad fehaciente, contraria a la imaginada, indica que lo único que se logra es profundizar la legitimación de un Statu Quo sumamente desigual e inequitativo.



   En toda sociedad practicante de una Cultura de la Legalidad, sus habitantes asumen con lealtad los siguientes principios:

1. Responsabilidad comunitaria para cooperar con las autoridades y respetar la ley de las demás personas.
2. Demostrar intereses y conocer las normas básicas que las regulan.

3. Respeto hacia las leyes -normas sociales-.

4. Rechazo y condena a los actos ilegales.

5. Colaboración permanente con las dependencias del sistema de procuración de justicia.

 
   Ésta idea idealizada de acción social legalista sólo es eficiente en un Estado de Derecho como régimen político, basado en el respeto de las leyes fundamentales, ejemplares sanciones a las violaciones de ley y la igualdad de las personas ante ellas (las leyes protegen los derechos de cada persona). Desde el estatismo advierten que el Estado de Derecho facilita la participación de la gente, la equidad económica y la protección de los más expuestos a la ilegalidad.

   Existen 4 criterios que constituyen un Estado de derecho:

1. Las leyes se establecen de manera democrática mediante mecanismos formales (la supuesta participación de toda la sociedad en la creación de leyes es una falacia, ya que los legisladores son los únicos con capacidad de sanción o no, según sus puntos de vista)
2. Las leyes protegen los derechos individuales (tanto en la convivencia entre personas o como parte de una sociedad)

3. Las leyes se aplican a todos por igual (son de carácter general, por lo que no se debería diferenciar ante la ley a una mujer de un hombre, como suele suceder en la mayoría de los casos)

4. Las leyes se hacen cumplir por igual (inclusive a los gobernantes, lo que se presenta como otra falacia, porque los dueños del poder político por más que violen leyes, muy raramente llegan a instancias de juicio)



¿Realmente el Estado puede proveer igualdad?
 
   Las decisiones del Parlamento determinan lo satisfactoriamente permitido y lo reciamente prohibido en una sociedad de ‘iguales ante la ley’. Ese es el precio de aceptar vivir bajo un Estado de Derecho, donde cada persona debe acatar lo encomendado por la ley, respeta las normas jurídicas y sociales, y promoverlas para que otras las cumplan. La libertad, por consiguiente, se convierte en un vago reflejo de lo prohibido. Se presenta anulada por el Estado en complicidad con la sociedad.
   Paralelamente, aquí se presenta la contradicción de quienes auguran revolucionar ‘desde adentro’, ya que terminan aprehendiendo los valores elitistas de las clases dominantes y aceptando las condiciones que impone la democracia burguesa, ya sean en cuestión de elecciones o en mafias del poder. La consecuencia de confrontar con las clases dominantes en su territorio de condicionamiento legal es una innegable traición a los ideales de cambio que sufrirá cualquier progresista. Su última herramienta de lucha, intransigente a esta altura, pasará a ser el discurso.





   No deberíamos caer en la tentación de devengar nuestra libertad a la legalidad actual o a las promesas de reforma de la legalidad que a menudo nos invaden desde partidos políticos ajenos al gobierno actual. El primer paso para construir un verdadero sistema social alternativo es no acatar lo convenido por el poder político y mucho menos su Cultura de la Legalidad, sino plantear nuevos modelos de convivencia social donde se destaque la posibilidad de aceptación o no (futura revisión y transformación) de lo acordado para luego ponerlos en práctica. Así se evadiría la búsqueda de la normalización de los seres humanos (completamente distintos) y la existencia de un Estado, con su brazo represor necesario para hacer cumplir su legalidad.

   ¿Cómo un minúsculo porcentaje de la población total de un país puede aprobar las leyes que deberán respetar, sean para bien o sean para mal, todos los habitantes? Cada pueblo, ciudad, provincia o región es distinta. Siendo más específico, cada grupo de individuos posee necesidades, deseos, oficios, intereses distintos. Lo más próximo a una democracia directa, aun dentro del actual sistema socioeconómico, constaría de referéndums para leyes que incumban a provincias o países, y una permanente celebración de asambleas ordinarias con libre participación de las personas para cada barrio, pueblo, sección vecinal o ciudad.


Nos quitaron la justicia y nos dejaron la ley