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miércoles, 29 de junio de 2016

Acción directa




Por Voltairine de Cleyre.





Desde la perspectiva de alguien que piense por sí mismo y sea capaz de discernir una ruta sin desvíos a seguir para el progreso de la humanidad, para que haya cualquier tipo de progreso, quien, teniendo una ruta tal trazada en la mente, haya buscado cómo enseñársela a los demás, hacerles verla como la ve él mismo; quien haciendo eso al mismo tiempo ha elegido lo que le parecieran expresiones simples y claras para transmitir sus ideas a los otros, para esa persona aparece como gran fuente de tristeza y confusión del espíritu el que la expresión “Acción Directa” de pronto haya adquirido en las mentes del público un significado estrecho, en absoluto implicado en las palabras mismas, y ciertamente nunca adscrito por él mismo, ni por sus camaradas de ideas.

Sin embargo, esta es una de las bromas más comunes que el Progreso le hace a aquellos que piensan por sí mismos para ponerles límite y medida. Una y otra vez, nombres, frases, consignas y eslóganes, han sido puestos al revés, patas para arriba y patas para abajo, por ocurrencias fuera del control de aquellos que usaban las expresiones en su sentido original; y todavía, aquellos que tercamente se han mantenido en sus posiciones, y han insistido en ser oídos, al final han encontrado que el período de la incomprensión y el prejuicio no ha sido sino el preludio para una más amplia investigación y comprensión.

Me parece que este es el caso con la presente confusión en torno al término Acción Directa, el cual a través del malentendido o la deliberada deformación de ciertos periodistas de Los Ángeles en el momento en que los McNamaras se declararon culpables, de pronto adquirió en la mente del público el sentido de “Ataques por la Fuerza contra la Vida y la Propiedad”. Esto era o muy ignorante o muy deshonesto por parte de los periodistas, pero ha tenido el efecto de despertar la curiosidad de mucha gente por conocer todo lo que tiene que ver con la acción directa.

De hecho, aquellos que con tanto fervor y desatino la condenan, encontrarán viéndolo más de cerca que ellos mismos en muchas ocasiones han practicado la acción directa, y continuarán haciéndolo.

Cada persona que alguna vez haya pensado que tenía el derecho de expresarse, y valientemente hubiese procedido a hacerlo, solitariamente o junto con otros que compartiesen sus convicciones, ha sido practicante de la Acción Directa. Hace unos treinta y tantos años, recuerdo que el Ejército de Salvación practicaba vigorosamente la acción directa para mantener la libertad de sus miembros de expresarse, reunirse y rezar. Una y otra vez fueron arrestados, multados y puestos en prisión; pero continuaron cantando, orando y marchando hasta que finalmente obligaron a sus perseguidores a dejarlos en paz. Los Trabajadores Industriales llevan hoy la misma lucha, y en una serie de casos, han obligado a los funcionarios a dejarlos en paz por medio de esas mismas tácticas directas.
Cada persona que alguna vez haya planeado hacer alguna cosa, y fue y la hizo, o que haya presentado un plan a los demás y ganado su cooperación para hacerla con ellos, sin tener que dirigirse a autoridades exteriores a pedirles que por favor la hicieran por ellos, ha sido practicante de la acción directa. Todos los experimentos cooperativos son esencialmente, acción directa.

Toda persona que alguna vez en su vida haya tenido que resolver una diferencia con otra persona, y se haya dirigido directamente a la otra u otras personas involucradas para resolverla, ya sea de manera pacífica u otra, era un practicante de la acción directa. Ejemplos de acciones de ese tipo lo son las huelgas y los boicots; muchas personas se recordarán la acción de las amas de casa de Nueva York que boicotearon a los carniceros, y lograron que se bajase el precio de la carne; en el presente parece divisarse un boicot de la mantequilla, como respuesta directa a los que ponen los precios de ese producto.

Estas acciones por lo general no se deben a que alguien se ponga a pensar demasiado acerca de los méritos de lo directo o de lo indirecto de la acción, sino que son recursos espontáneos de aquellos que se sienten oprimidos por una situación. En otras palabras, todo el mundo es, la mayor parte de las veces, creyente en el principio de la acción directa, y lo practica. Sin embargo, la mayoría de la gente también practica la acción indirecta o política. Y son ambas cosas al mismo tiempo, sin hacer un análisis profundo de la una o de la otra. Sólo hay un número limitado de gente que evita la acción política en todas las circunstancias; pero no hay nadie, nadie en absoluto, que haya sido tan “imposible” como para evitar todo tipo de acción directa.

La mayoría de la gente pensante es en realidad oportunistas, ora inclinándose tal vez más hacia la acción directa, ora a lo indirecto como cosa general, pero en realidad usan ambos medios cuando la oportunidad así lo amerita. Eso quiere decir que están aquellos que sostienen que el llevar al poder a los gobernantes a través de los votos es una cosa esencialmente estúpida y errónea, pero que sin embargo bajo la presión de circunstancias especiales estarían dispuestos a considerar que lo más sabio es el votar por tal o cual individuo para determinado puesto en esa ocasión particular. O también están aquellos que creen que en general, la forma más sabia para que la gente consiga lo que quiere es por el método indirecto de votar por alguien que legalice lo que quieren; pero que sin embargo, ocasionalmente y bajo condiciones excepcionales aconsejan una huelga; y una huelga, como ya lo he dicho, es acción directa. O pueden hacer como los agitadores del Partido Socialista (que hoy en día, en su mayoría se proclaman contrarios a la acción directa) hicieron el verano pasado, cuando la policía estaba interrumpiendo sus actos. Fueron a los lugares de los actos como fuerza, preparados para hacer sus discursos sí o sí, y lograron hacer retroceder a la policía. Y mientras eso no era algo lógico de su parte, el oponerse de esa manera a los ejecutores legales de la voluntad de la mayoría, era una perfecta y exitosa muestra de la acción directa.

Aquellos que, por la esencia de sus convicciones, están comprometidos con la Acción Directa sólo son ¿quiénes? Pues, los no-resistentes; precisamente aquellos que ¡no creen para nada en la violencia! Ahora, por favor no cometan el error de inferir de ello que yo digo que acción directa quiere decir no-resistencia; nada de eso. La acción directa puede ser el extremo de la violencia, o puede ser tan pacífica como las aguas mansas del arroyuelo de Shiloa. Lo que quiero decir es que los no-resistentes sólo pueden creer en la acción directa y nunca en la acción política. Porque la base de toda acción política es la coerción; aún cuando el Estado hace cosas buenas, en última instancia depende del garrote, la pistola o la prisión para que su poder las ponga en práctica.

Hoy en día, cada niño en edad escolar en los Estados Unidos ha tenido noticia de la acción directa de ciertos no-resistentes a través de las clases de historia. El caso que inmediatamente todo el mundo recuerda es el de los primeros Cuáqueros que llegaron a Massachussets. Los puritanos habían acusado a los Cuáqueros de “perturbar al mundo con su prédica por la paz”. Ellos (los Cuáqueros) se negaron a pagar los impuestos de la iglesia, se negaron a portar armas, y se negaron a jurar lealtad a cualquier tipo de gobierno (y al hacerlo se convertían en activistas directos, o lo que podríamos llamar activistas directos negativos). De modo que los puritanos, siendo practicantes de la acción política, aprobaron leyes para excluirlos, deportarlos, multarlos, encarcelarlos, mutilarlos y finalmente, mandarlos a la horca. Y los Cuáqueros volvían una y otra vez (lo que era una acción directa de tipo positivo); y la historia registra que luego del ahorcamiento de cuatro Cuáqueros, y de que el cuerpo de Margaret Brewster hubiese sido arrastrado por un carro por las calles de Boston, “los Puritanos renunciaron a seguir intentando silenciar a los nuevos misioneros”; que “la persistencia de los Cuáqueros y su no-resistencia habían ganado la batalla”.

Otro ejemplo de acción directa en la temprana historia colonial, pero esta vez para nada del tipo pacífico, fue el incidente conocido como la Rebelión de Bacon. Todos nuestros historiadores defienden, por cierto, la acción de los rebeldes en ese incidente, porque estos tenían razón. Y sin embargo, se trató de un caso de acción directa violenta contra una autoridad legalmente constituida. Para aquellos que hayan olvidado los detalles, déjenme recordarles brevemente que los agricultores de Virginia temían, con razón, una ofensiva general de los indios. Siendo activistas políticos pidieron, o Bacon como su dirigente pidió, que el gobernador les aprobase una comisión para reclutar voluntarios para su propia defensa. El gobernador temía, también con razón, que una compañía así de hombres armados se convirtiese en una amenaza para él. El gobernador rechazó la petición. Como consecuencia, los agricultores recurrieron a la acción directa. Reclutaron voluntarios sin la comisión, y lograron repeler a los indios. Bacon fue declarado traidor por el gobernador, pero dado que la gente lo apoyaba, el gobernador tenía miedo de proceder contra él. Al final, sin embargo, las cosas llegaron al punto tal de que los rebeldes incendiaron Jamestown; y de no haber sido por la muerte de Bacon, mucho más se habría podido lograr. Por supuesto, la reacción fue muy cruenta, tal y como suele suceder cada vez que una rebelión colapsa o es aplastada. Sin embargo, aún durante el breve período de éxito, logró corregir muchos abusos. Estoy seguro que los que abogaban por la acción política a toda costa en aquellos tiempos, después de que la reacción regresó al poder deben de haber dicho: “¡Vean lo que los males de la acción directa no han traído! Qué desgracia, el progreso de la colonia ha retrocedido veinticinco años”; olvidando que si los colonos no hubiesen recurrido a la acción directa, sus cabelleras habrían sido arrancadas por los indios un año antes, en vez de que un cierto número de ellos hubiesen sido ahorcados por el gobernador un año después.

En el período de agitación y excitación que precedió a la revolución, hubo todo tipo de acciones directas, desde las más pacíficas a las más violentas; y creo que casi todos los que hayan estudiado la historia de los Estados Unidos encuentra en el recuento de esas actividades la parte más interesante de la historia, la parte que más fácilmente se graba en la memoria.

Entre las acciones pacíficas que tuvieron lugar, estaban los acuerdos de no-importación, las ligas para usar telas hiladas en el país y los “comités de correspondencia”. A medida que el crecimiento inevitable de las hostilidades se fue desarrollando, se desarrolló la acción directa violenta; por ejemplo, en la destrucción de los sellos de impuestos, o la acción referente a los barcos de té, ya sea el no permitir el desembarque del té, o su almacenamiento en lugares inundados, o el arrojarlos al agua en el puerto, como en Boston, o el obligar al dueño del barco carguero a incendiar su propia nave, como se hizo en Annapolis. Todas esas son acciones registradas en nuestros libros de texto más comunes, ciertamente no de manera condenatoria, sin siquiera una disculpa, aunque todas ellas sean casos de acción directa contra la autoridad legalmente constituida y los derechos de propiedad. Si llamo la atención sobre ellas y otras de naturaleza similar, es para probar a los repetidores irreflexivos de palabras que la acción directa siempre ha sido usada, y goza de la sanción histórica de la misma gente que hoy en día la reprueba.

Se dice que George Washington había sido el dirigente de la liga de no-importación de los agricultores de Virginia; hoy en día él probablemente habría sido “llamado al orden” por una corte por haber formado una liga así; y en caso de haber persistido en el intento, habría sido multado por desacato.

Cuando el gran conflicto entre el Norte y el Sur iba pasando de rojo a morado, una vez más fue la acción directa la que precedió y precipitó a la acción política. Y hasta podría afirmar que la acción política nunca tiene lugar, y no es ni siquiera contemplada hasta que las mentes adormecidas primero no hayan sido despertadas por actos directos de protesta contra las condiciones existentes.

La historia del movimiento contra la esclavitud y la Guerra Civil es una de las más grandes paradojas, aunque históricamente sea una cadena de paradojas. Políticamente hablando, fueron los Estados esclavistas los que representaban una mayor libertad política, por la autonomía del Estado individual contra la interferencia de los Estados Unidos; políticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que representaban un gobierno fuerte y centralizado el cual, los secesionistas decían y con razón, estaba destinado a evolucionar progresivamente hacia formas más y más tiránicas. Que fue lo que ocurrió. Desde el fin de la primera Guerra Civil, ha habido un continuo traspasar del poder federal de las fronteras de lo que originariamente eran las atribuciones de los Estados individuales. Los esclavos asalariados, en sus luchas de hoy, son continuamente lanzados al conflicto con ese poder centralizado contra el cual protestaba el esclavista (con la libertad en los labios y la tiranía en el corazón). Éticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que de modo general representaban una mayor libertad humana, mientras que los secesionistas representaban la esclavitud racista. Esto sólo de un modo general; o sea, que la mayoría de los norteños, no estando acostumbrados a estar rodeados por la presencia real de la esclavitud de los negros a su alrededor, pensaron que probablemente era un error; aunque no mostraban tanto fervor en abolirla. Sólo los Abolicionistas, y esos eran relativamente pocos, fueron los éticos genuinos, para los cuales la esclavitud en sí — no la secesión o la unión — era la cuestión principal. De hecho, era tan fundamental para estos, que una cantidad considerable de ellos estaban a favor de la disolución de la unión, promoviendo el que el Norte tomase la iniciativa en la cuestión de disolverla para que los pueblos del Norte pudiesen sacudirse la vergüenza de mantener negros en cadenas.

Por supuesto, había todo tipo de gentes con todo tipo de temperamentos entre aquellos que abogaban por la abolición de la esclavitud. Había cuáqueros como Whittier (sin duda, eran los cuáqueros que estaban por la paz a toda costa que habían abogado por la abolición en los tempranos días de la colonia); había activistas políticos moderados, que estaban a favor de comprar la libertad de los esclavos como el método más barato; y había gente extremadamente violenta, que creían en la violencia y hacían todo tipo de cosas violentas.

En cuanto a lo que hicieron los políticos, hay una larga lista de “amenazar-con-hacerlo-para-no-hacer-mucho”, un récord de treinta años de compromisos, negociaciones e intentos de dejar las cosas como estaban, y de repartir migajas a ambos bandos cuando nuevas condiciones demandaban hacer algo, o hacer de cuentas que se hacía algo. Pero “las estrellas en sus órbitas lucharon contra Sisera”; el sistema se estaba resquebrajando desde adentro y los partidarios de la acción directa desde el exterior a su vez ensancharon las grietas implacablemente.

Entre las distintas expresiones de rebelión directa estuvo la organización de la ‘vía ferroviaria clandestina’. La mayoría de la gente que perteneció a ella creía en ambas formas de acción; pero no importa cuánto se adherían teóricamente a la idea del derecho de la mayoría de promulgar y hacer cumplir las leyes, no creían en ella en ese punto. Mi abuelo fue miembro de la ‘clandestinidad’, ayudó a más de un esclavo fugitivo a escapar hacia Canadá. Él era un hombre muy paciente y obediente de las leyes en la mayoría de los aspectos, aunque a menudo he pensado que él respetaba la ley porque no había tenido mucho contacto con ella; siempre llevando una vida de pionero, por lo general la ley estaba bastante lejos de él, y la acción directa era un imperativo. Sea como fuere, respetuoso de la ley o no, él no tenía el más mínimo respeto por las leyes esclavistas, no importa que hubiesen sido decididas por una mayoría de diez a uno, y violó conscientemente cada una de las que se les cruzó en el camino.

Había momentos en que la operación de la ‘clandestinidad’ requería de la violencia, y se hacía uso de ella. Recuerdo el relato de una vieja amiga que me contaba cómo ella y su madre montaban guardia toda la noche tras la puerta, mientras que un esclavo que estaba siendo buscado por las patrullas estaba escondido en el sótano; y aunque eran descendientes y simpatizantes de los cuáqueros, tenían una escopeta encima de la mesa. Afortunadamente, no necesitaron hacer uso de ella esa noche.

Cuando se aprobó la ley de los esclavos fugitivos con la ayuda de los activistas políticos del Norte que querían ofrecer una nueva migaja a los esclavistas, los activistas directos se lanzaron a rescatar fugitivos recapturados. Tuvieron lugar el “rescate de Shardrach” y el “rescate de Jerry”, los participantes en este último rescate estuvieron dirigidos por el famoso Gerry Smith; así como muchos otros intentos exitosos y fallidos de rescate. Todavía los políticos seguían perdiendo el tiempo y tratando de limar asperezas, y los abolicionistas fueron denunciados y detractados por los pacificadores ultraobedientes de la ley, prácticamente de la misma forma en que Wm. D. Haywood y Frank Bohn son ahora denunciados por su propio partido. El otro día leí un comunicado en el Chicago Daily Socialist del secretario local del Partido Socialista de Louisville al secretario nacional, pidiéndole que sustituyesen a Bohn — que había sido anunciado para hablar allí — por otro orador seguro y en su sano juicio. Al explicar el porqué, el Sr. Dobbs menciona una cita de la charla de Bohn:


“Si los McNamaras hubiesen tenido éxito al defender los intereses de las clases trabajadoras, habrían tenido razón, tanta como la habría tenido John Brown de haber tenido éxito en liberar a los esclavos. El único crimen de John Brown fue la ignorancia, así como la ignorancia fue el único crimen de los McNamaras.”


Seguidamente, el Sr. Dobbs comenta lo siguiente:


Cuestionamos enfáticamente las afirmaciones aquí vertidas. El intento de trazar un paralelo entre la abierta — aunque equivocada — rebelión de John Brown por un lado, y los métodos secretos y asesinos de los McNamaras por el otro, no sólo es un indicador de lo superficial de su razonamiento, sino altamente engañoso en cuanto a las conclusiones lógicas que se pueden derivar de dichas afirmaciones”.


Evidentemente, el Sr. Dobbs es muy ignorante acerca de la vida y obra de John Brown. John Brown era un hombre de violencia; se habría burlado de los intentos de cualquiera por hacer de él otra cosa. Y una vez que una persona se convierte en creyente de la violencia, para él sólo es una cuestión la forma más efectiva de aplicarla, lo que sólo puede ser determinado por un conocimiento de las condiciones y los medios a su disposición. John Brown para nada se amilanaba ante los métodos conspirativos. Aquellos que hayan leído la autobiografía de Frederick Douglas y las ‘Reminiscences’ de Lucy Colman, se recordarán que uno de los planes diseñados por John Brown era el de organizar una cadena de campamentos armados en las montañas de West Virginia, Carolina del Norte y Tennessee, enviar emisarios secretos entre los esclavos incitándoles a huir hacia esos campamentos y allí concertar medidas de acuerdo a lo que permitiesen los tiempos y las condiciones para fomentar la rebelión entre los negros. El que dicho plan haya fallado se debió a la debilidad del deseo de libertad entre los esclavos mismos, más que a ninguna otra cosa.

Más tarde, cuando los políticos en su infinita taimadez produjeron una proposición sobre “cómo-no-hacerlo”, conocida como el Acta de Kansas-Nebraska, que dejó al libre albedrío de los colonos la cuestión de la esclavitud, los activistas directos de ambos bandos enviaron colonos falsos al territorio, los que continuaron la lucha. Los hombres a favor de la esclavitud, que llegaron primero, hicieron una constitución que reconocía la esclavitud y una ley que penaba con la muerte a cualquiera que ayudase a escapar a un esclavo; pero los Free Soilers, que se habían demorado un poquito más en llegar por venir desde Estados más lejanos, hicieron una segunda constitución y se negaron del todo a reconocer las leyes de la otra parte. Y John Brown estuvo allí, mezclado en toda esa violencia, tanto conspirativa como abierta; era un “ladrón de caballos y asesino” a los ojos de los activistas políticos decentes y pacíficos. Y no cabe duda de que robó caballos, sin enviar señal alguna por adelantado de sus intenciones de robarlos, y de que mató hombres que estaban a favor de la esclavitud. Atacó y logró huir bastantes veces antes de su intento final en Harper’s Ferry. Si no usó dinamita, fue porque entonces la dinamita aún no había surgido como un arma práctica. Hizo muchos más ataques premeditados a la vida que los dos hermanos que el Secretario Dobbs condena por sus “métodos asesinos”. Y sin embargo, la historia no ha dejado de comprender a John Brown. La humanidad sabe que a pesar de que él era un hombre violento, con sangre humana en sus manos, que era culpable de alta traición y fue colgado por ello, sin embargo su alma era grande, fuerte, generosa, incapaz de soportar el aterrador crimen de mantener a 4.000.000 de personas como bestias estúpidas, y que pensó que el hacer la guerra contra eso era un deber sagrado, divino (porque John Brown era un hombre muy religioso: un presbiteriano).

Es a través y por las acciones directas de los precursores del cambio social, ya sean de naturaleza pacífica o bélica, que la Conciencia Humana, la conciencia de las masas, se agita hacia la necesidad del cambio. Sería muy estúpido el decir que nada bueno resulta jamás de la acción política; a veces surgen cosas positivas por ese camino. Pero nunca hasta que la rebelión individual, seguida por la rebelión de masas, lo haya forzado. La acción directa siempre es la que lanza el grito de protesta, la iniciadora, a través de la cual la gran masa de los indiferentes toma conciencia de que la opresión se torna insoportable.

Hoy hay opresión en la tierra — y no sólo en esta tierra, sino en todos aquellos rincones del mundo que disfrutan de los tan engañosos frutos de la Civilización. E igual que con la cuestión de la esclavitud, también esta forma de esclavitud ha estado engendrando, tanto la acción directa como la acción política. Una cierta fracción de nuestra población (probablemente mucho más pequeña que la que los políticos acostumbran dar en los mítines políticos) está produciendo la riqueza material de la que todo el resto de nosotros vivimos; así como eran 4.000.000 de esclavos que sostenían a la masa de parásitos que tenían encima. Esos son los trabajadores industriales y agrícolas.

A través de la operación no profesada o no profesable de instituciones que ningún individuo entre nosotros ha creado, sino que encontró ya existentes al llegar a este mundo, la parte absolutamente más esencial de toda la estructura social, sin cuyos servicios nadie puede ni comer, ni vestirse o protegerse de los elementos, son justamente aquellos que reciben menos comida, vestimenta y alojamiento. Ni decir de compartir todos los otros beneficios sociales que el resto de nosotros supuestamente debemos recibir, tales como la educación y la gratificación artística.

Esos trabajadores han, de una u otra forma, juntado mutuamente sus fuerzas para ver qué mejoras de sus condiciones pueden conseguir; primeramente por medio de la acción directa, y luego por la acción política. Hemos tenido al Grange, la Alianza de Granjeros, Asociaciones Cooperativas, Experimentos de Colonización, los Caballeros del Trabajo, Sindicatos y los Trabajadores Industriales del Mundo. Todas esas organizaciones se han formado con el propósito de lograr arrancar de los amos del campo económico un salario un poco mejor, unas condiciones un poco mejores, o una jornada de trabajo un poco más corta; o por otro lado, para resistir una reducción en los salarios, peores condiciones o jornadas laborales más largas. Ninguna de ellas ha intentado alcanzar una solución final para la guerra social. Ninguna de ellas, excepto los Trabajadores Industriales, ha reconocido que existe una guerra social, inevitable mientras las presentes condiciones legales y sociales persistan. Aceptaron las instituciones de la propiedad tales y como las encontraron. Estaban formadas por hombres promedio, con deseos promedio, y se abocaron a hacer cosas que les parecían posibles y muy razonables. No estaban comprometidos con una visión política particular y estaban organizados, pero lo hicieron a través de la acción directa a partir de su propia iniciativa, ya sea como actitud positiva o defensiva.

No cabe duda que entre todas esas organizaciones habían miembros que veían más allá de las reivindicaciones inmediatas; que sí vieron que el continuo desarrollo de las fuerzas que ahora se habían puesto en acción estaba destinado a crear condiciones ante las cuales sería imposible que la vida pudiese continuar sometiéndose, y contra las cuales por lo tanto, ella protestaría, y violentamente; que ella no tendría otra elección; que debe hacerlo o de lo contrario perecer mansamente; y dado que no está en la naturaleza de la vida el rendirse sin dar batalla, ella no morirá mansamente. Hace veintidós años encontré gente de la Alianza de Granjeros que hablaban así, Caballeros del Trabajo que hablaban así, sindicalistas que hablaban así. Querían objetivos más amplios que aquellos perseguidos por sus organizaciones, pero tuvieron que aceptar a sus camaradas miembros como eran, y tratar de motivarlos a trabajar por las cosas tal y como ellos las podían ver. Y lo que ellos podían ver eran mejores precios y mejores salarios, condiciones de trabajo menos peligrosas y tiránicas, jornadas laborales más cortas. Al nivel de desarrollo en el que esos movimientos surgieron, los trabajadores agrícolas no podían ver que su lucha tuviese nada que ver con las luchas de aquellos involucrados en la industria o en el transporte; tampoco estos últimos podían ver que su lucha tuviese nada en común con la de los obreros agrícolas. Y es que aún hoy muy pocos ven eso. Todavía tienen que aprender que hay una lucha común contra aquellos que se han apropiado de la tierra, el dinero y las máquinas.

Desafortunadamente, la gran organización de los granjeros se malgastó en una carrera estúpida por el poder político. Tuvo bastante éxito en conseguir el poder en varios Estados; pero las cortes declararon inconstitucionales sus leyes, y esa fue la tumba de todas sus conquistas políticas. Su programa original era el de construir sus propios silos, reteniéndolos del mercado hasta poder librarse de los especuladores. Asimismo, la organización de intercambios de mano de obra, emitiendo bonos de crédito sobre los productos depositados para el intercambio. Si se hubiera mantenido fiel a este programa de ayuda mutua directa habría, hasta cierto punto, al menos por un tiempo, podido ser una ilustración de cómo la humanidad se puede liberar del parasitismo de los banqueros e intermediarios. Por supuesto, al final habría sido derrocado, a menos que hubiese revolucionado de gran manera las mentes de los hombres por el ejemplo del derrocamiento del monopolio legal de la tierra y el dinero; pero al menos habría cumplido un gran fin educativo. En la realidad, siguió un espejismo y se desintegró a causa de su mera futilidad.

Los ‘Caballeros del Trabajo’ fueron disminuyendo hasta alcanzar una relativa insignificancia, no por no haber hecho uso de la acción directa, ni tampoco por haberse metido en política, lo que se dio en pequeña escala, sino principalmente porque eran una masa heterogénea de trabajadores que no pudo asociar sus esfuerzos de manera efectiva.

Los sindicatos ganaron en fuerza a medida que se iban retirando los Caballeros del Trabajo, y han continuado incrementando su fuerza lenta pero persistentemente. Es verdad que su crecimiento ha fluctuado; que han habido retrocesos, que grandes organizaciones unitarias se han formado para volver a dispersarse. Pero en su conjunto, los sindicatos han sido una fuerza creciente. Lo han sido porque, siendo tan pobres como son, han sido un medio por el cual un cierto sector de los trabajadores han sido capaces de unir sus fuerzas para enfrentar directamente a sus amos, así lograr al menos una parte de lo que querían — o de lo que las condiciones les dictaban que deberían tratar de lograr. La huelga es su arma natural, la que ellos mismos se han forjado. Es el golpe directo de la huelga el que nueve de cada diez veces es temido por el patrón. (Por supuesto, hay ocasiones en las que se alegra por una huelga, pero eso no es común). Y la razón por la que le tiene terror a las huelgas, no es tanto porque piense que no la va a poder ganar, sino lisa y llanamente porque no quiere una interrupción de sus negocios. El patrón común no le tiene mucho miedo al “voto con conciencia de clase”; hay gran cantidad de talleres en los que uno puede hablar acerca del Socialismo o de cualquier otro programa político todo el día; pero si uno empieza a hablar de sindicatos es de esperar que lo despidan de inmediato, o al menos que le adviertan que se calle la boca. ¿Por qué? No porque el patrón sea tan inteligente como para saber que la acción política es una ciénaga en la que se empantana el trabajador, o porque considere que el socialismo rápidamente se esté convirtiendo en un movimiento de clase media; nada de eso. Él piensa que el socialismo es una cosa muy mala; ¡pero es una buena salida! Pero sabe que si su fábrica se sindicaliza, va a tener problemas de inmediato. La mano de obra se le pondrá rebelde, va a tener que entrar en gastos para mejorar las condiciones de la fábrica, no va a poder despedir a los trabajadores que no le gusten, y en caso de huelga deberá esperar daños a su maquinaria o sus edificios.

Se dice a menudo, y lo repiten como loros, que esos patrones tienen ‘conciencia de clase’, que se mantienen unidos por interés de clase, y que están dispuestos a soportar cualquier pérdida personal antes que traicionar esos intereses. No ocurre así en absoluto. La mayoría de la gente de negocios son igual que la mayoría de los trabajadores; se preocupan mucho más de sus pérdidas o beneficios personales que de los de su clase. Y es esta pérdida individual la que ve el patrón cuando es amenazado por un sindicato.

Hoy todo el mundo sabe que una huelga de cualquier tamaño significa violencia. No importa qué preferencia ética hacia la paz se tenga, se sabe que no será pacífica. Si es una huelga de telégrafos, significa cortar los cables y los postes, y meter falsos rompehuelgas (esquiroles, carneros) para que saboteen los instrumentos. Si es una fábrica de chapas de acero, significa caerles a golpes a los rompehuelgas, romper las ventanas, desajustar las válvulas, y destruir las caras prensas junto con toneladas y toneladas de material. Si es una huelga de mineros, significa destruir líneas férreas y puentes, y volar instalaciones. Si es una huelga de los trabajadores de la confección, significa montar un incendio anónimo, lanzar una andanada de piedras a través de una ventana aparentemente inaccesible, o tal vez un trozo de ladrillo sobre la cabeza de dueño mismo. Si es una huelga de tranvías, significa vías destrozadas o barricadas con el contenido de carros de hollín o de deshechos de comida para cerdos, con vagones desechados o cercas robadas, significa vagones incinerados o chocados e interruptores apagados. Si es una huelga de trenes, significa motores “muertos”, motores que anden impredeciblemente, vagones de carga descarrilados y trenes retrasados. Si es una huelga de la construcción, significa estructuras dinamitadas. Y siempre, en todas partes, todo el tiempo, peleas entre los rompehuelgas y esquiroles contra los huelguistas y los simpatizantes de la huelga, entre el Pueblo y la Policía.

De parte de los patrones, significa focos rastreadores, vallas electrificadas, fortificaciones, barracas, detectives y agentes provocadores, raptos violentos y deportaciones, y todos y cada uno de los instrumentos que sean capaces de imaginar para su protección, además del recurso último de la policía, la milicia, la constabularia del Estado y las tropas federales.

Todo el mundo sabe esto; todos sonríen cuando los funcionarios del sindicato le hacen el llamado a sus organizaciones a que sean pacíficas y respeten la ley, porque todo el mundo sabe que están mintiendo. Ellos saben que se hace uso de la violencia, tanto en secreto como abiertamente; y saben que ésta es usada porque los huelguistas no pueden hacer otra cosa, sin renunciar del todo a la lucha. Tampoco se equivocan aquellos que así recurren a la violencia bajo la presión de delincuentes destructivos que hacen lo que hacen por maldad innata. La gente en general comprende que hacen esas cosas por la dura lógica de una situación que ellos no crearon, sino que los obliga a hacer esos ataques en función de vencer en su lucha por vivir o sucumbir en el pozo sin fondo del descenso hacia la pobreza, que hace que la Muerte los encuentre en el hospital de pobres, las calles de la ciudad, o las aguas sucias del río. Esta es la terrible alternativa que los trabajadores enfrentan; y esto es lo que hace que los seres humanos de disposición más amable — hombres que harían todo por ayudar a un perro herido, o llevar a su casa a un gatito extraviado y darle leche, o hacerse a un lado para no aplastar a un gusano — echen mano a la violencia contra sus congéneres. Ellos saben, porque los hechos se lo han enseñado, que esta es la única manera de ganar, si es que acaso piensan ganar. Y siempre me ha parecido que una de las cosas más extremadamente ridículas y absolutamente irrelevantes que una persona puede decir o hacer, cuando un huelguista que enfrenta una determinada situación se le acerca en busca de consuelo o asistencia, sería el responderle “¡Tome el poder por medio de los votos!” cuando la próxima elección será dentro de seis meses, o uno o dos años.

Desafortunadamente la gente que mejor sabe cómo se usa la violencia en la guerra sindical no puede salir y decir: “En tal fecha, en tal lugar, se hizo tal y cual acción específica, y como resultado se consiguieron tales y cuales concesiones, o tal o cual patrón tuvo que capitular”. Hacerlo pondría en peligro su libertad y su poder para seguir luchando. Por lo tanto, aquellos que más saben deben mantener silencio y sonreír para sus adentros, mientras que aquellos que saben poco dicen cualquier cosa. Son los hechos y no las palabras, los que deben clarificar sus posiciones.

Y se ha hablado mucho sinsentido durante las últimas semanas. Oradores y escritores, honestamente convencidos de que yo creo que solamente la acción política puede ganar la batalla de los trabajadores, han estado denunciando lo que ellos están complacidos en llamar acción directa (lo que en realidad quieren decir es violencia conspirativa) como autora directa de un sinnúmero de daños al movimiento. Un tal Oscar Ameringer, por ejemplo, dijo recientemente en una asamblea en Chicago que la bomba de Haymarket de 1886 había retrasado el movimiento por las ocho horas de trabajo, veinticinco años, argumentando que el movimiento habría tenido éxito de no haber sido por la bomba. Eso es una gran equivocación. Nadie puede medir exactamente en años y horas el efecto de una avanzada o de una reacción. Nadie puede demostrar que el movimiento de las ocho horas habría ganado hace veinticinco años. Sabemos que la jornada de ocho horas había sido incluida en las leyes de Illinois en 1871 por medios políticos, y que desde entonces ha sido letra muerta. Que la acción directa de los trabajadores la podría haber logrado en ese entonces, es algo que no puede ser probado; pero se puede demostrar que factores mucho más poderosos que la bomba de Haymarket operaron en contra. Por otro lado, si la influencia reactiva de la bomba hubiese sido tan poderosa en realidad, deberíamos naturalmente esperar que las condiciones laborales y sindicales fuesen peores en Chicago que en las otras ciudades en las que no sucedieron ese tipo de cosas. Al contrario, con lo malas que son, las condiciones laborales en general son mejores en Chicago que en las demás ciudades grandes, y el poder de los sindicatos está más desarrollado allí que en cualquier otra ciudad de los Estados Unidos excepto San Francisco. De modo que si podemos sacar alguna conclusión acerca de la bomba de Haymarket, hay que tener en mente estos hechos. Personalmente, no creo que su influencia sobre el movimiento sindical como tal haya sido tan importante.

Lo mismo ocurrirá con el furor actual acerca de la violencia. Nada ha cambiado en lo fundamental. Dos hombres han sido enviados a prisión por lo que hicieron (hace veinticuatro años los ahorcaban por lo que no habían hecho); unos pocos más podrían ir a la cárcel. Pero las fuerzas de la vida continuarán rebelándose contra las cadenas económicas, no importa qué personas bien portadas voten o dejen de votar, hasta que las cadenas no se rompan.


¿Y cómo se romperán las cadenas?


Los activistas políticos nos dicen que sólo ocurrirá por medio de la acción electoral del partido de la clase obrera; logrando elegirse para la posesión de las fuentes de la vida y de los medios de trabajo; votando para que aquellos que hoy controlan los bosques, las minas, las haciendas, las vías fluviales, los depósitos y las fábricas y de la misma forma controlan el poder militar que los defiende, entreguen su dominación al pueblo.


¿Y mientras tanto?


Mientras tanto, ¡sed apacibles, industriosos, obedientes de la ley, pacientes y frugales! (como Madero le dijo que fueran a los peones rurales, después de haberlos vendido a Wall Street). Aún cuando algunos de vosotros seáis pobres, no os levantéis contra ello, porque eso podría “hacer retroceder al partido”.


Bueno, ya he dicho que algunas cosas buenas salen a veces por medio de la acción política — y no necesariamente por la acción del partido de la clase obrera. Pero estoy de sobra convencida de que los beneficios ocasionales logrados están más que balanceados por los males; tanto como estoy convencida de que aunque hayan males ocasionales como resultado de la acción directa, son más que compensados por los beneficios.

Casi todas las leyes que originariamente habían sido enfocadas con la intención de beneficiar a los pobres, o se han vuelto armas en las manos de sus enemigos, o se han vuelto letra muerta a menos que los trabajadores hayan obligado directamente a su observancia. O sea que al fin y al cabo, es la acción directa sobre la que hay que apoyarse de todos modos. Como un ejemplo de coger el lado manco de la ley basta echar un vistazo a la ley contra los trusts, que supuestamente iba a beneficiar al pueblo en general y a la clase obrera en particular. Hace unas dos semanas, cerca de 250 dirigentes sindicales fueron citados responder por cargos de ser formadores de trusts, como respuesta de la Central de Illinois a sus huelgas.

Pero el daño de absolutizar a la fe en la acción indirecta es mucho mayor que cualquiera de esos resultados menores. El mal principal es que destruye la iniciativa, ahoga el espíritu individual de rebelión, le enseña a la gente a depender de que otro haga por ellos lo que ellos deberían hacer por sí mismos; finalmente, convierte en orgánica la anómala idea de que amasando pasividad hasta que se consiga una mayoría, y a través de la magia peculiar de una mayoría así, esta pasividad será transformada en energía. O sea, que la gente que ha perdido el hábito de hacer huelgas por su propia cuenta como individuos, que se han sometido a todas las injusticias al mismo tiempo que esperan ver crecer a la mayoría, ¡van a metamorfosearse en explosivos humanos de alta potencia por un mero proceso de empaquetado!

Estoy muy de acuerdo en que las fuentes de la vida, y toda la riqueza material de la tierra, y las herramientas necesarias para la producción cooperativa deben volverse libremente accesibles a todos. Es una certitud para mí que los sindicatos deben ampliar y profundizar sus propósitos o perecerá, y estoy segura de que la lógica de la situación gradualmente les obligará a entenderlo así. Deben aprender que los problemas de los trabajadores jamás podrán resolverse dándole golpizas a los rompehuelgas, mientras que su propia política de mantener altas cuotas para los miembros y otras restricciones ayuden a que sigan existiendo rompehuelgas. Deben aprender que la vía del crecimiento no pasa tanto por la elevación de los salarios, sino por la disminución de la jornada laboral, la que les posibilitará el aumentar su membresía, aceptar a todos los que estén dispuestos a entrar al sindicato. Deben aprender que si quieren ganar batallas, todos los trabajadores aliados deben actuar juntos, actuar rápidamente (sin prestarle servicio a jefe alguno), y mantener la libertad de seguir haciéndolo en todo momento. Y por último, deben aprender que aún entonces (cuando hayan logrado una completa organización) no pueden ganar nada permanente a menos que hagan huelgas por todo, no por un salario, no por una mejora parcial, sino por toda la riqueza natural del planeta. ¡Y proceder a la directa expropiación de toda ella!

Deben aprender que su poder no reside en su capacidad electoral, que su poder reside en su capacidad de parar la producción. Es un grave error el suponer que los asalariados constituyen la mayoría de los votantes. Los asalariados están hoy aquí y mañana allí, y eso impide a un gran número de votar; un alto porcentaje de ellos en este país son extranjeros sin derecho al voto. La prueba más patente de que los dirigentes socialistas saben que esto es así, es que ellos en cada momento adaptan su propaganda para ganar el apoyo de los negociantes, del pequeño inversionista. Sus artículos de campaña proclamaban que sus entrevistadores habían recibido la seguridad por parte de los compradores de bonos de Wall Street de que estarían igual de dispuestos a comprar bonos de Los Ángeles de un administrador socialista, como lo estarían de uno capitalista; que la actual administración de Milwakee había sido una bendición para el pequeño inversionista; sus panfletos aseguran a los lectores en esta ciudad que no necesitamos ir a las grandes tiendas a comprar, sino que más bien compremos en tal o cual negocio de Milwakee Avenue, que será tan capaz de satisfacer nuestras necesidades como una “gran casa comercial”. En suma, están haciendo hasta el último desesperado esfuerzo para ganar el apoyo y prolongar la vida de esa clase media que la economía socialista dice debe ser demolida hasta sus cimientos, porque saben que no pueden conseguir una mayoría sin ella.

Lo más que un partido de la clase obrera puede llegar a hacer, una vez que se convierte en una organización consolidada, es mostrarle a la clase de los poseedores a través de una cesación de todo trabajo, que toda la estructura social descansa sobre los trabajadores; que todas las posesiones de los otros no valen absolutamente nada sin la actividad de los trabajadores; que tales protestas, como las huelgas, son inherentes al sistema de propiedad y continuamente recurrentes hasta que todo el sistema sea abolido — y habiendo demostrado esto en la práctica, proceder a expropiar.

“Pero, el poder militar”, dice el activista político; “¡debemos lograr el poder político, o el ejército será usado contra nosotros!”

Contra una Huelga General de verdad, el ejército no puede hacer nada. ¡Claro, si tenéis a un socialista como Briand en el poder, él podría nombrar ‘funcionarios públicos’ a los obreros e intentar hacer que le sirviesen a él en contra de sí mismos! Pero contra el sólido muro de una masa trabajadora inamovible, hasta Briand se quebraría.

Mientras tanto, hasta este despertar mundial, la guerra continuará como hasta hoy, a pesar de toda la histeria que puedan manifestar las gentes bien intencionadas que no entienden la vida y sus necesidades; a pesar de todas las vacilaciones de las tímidas dirigencias; a pesar de todas las venganzas reaccionarias que se ejecuten; a pesar de todo el capital que le sacan los políticos a la situación. Continuará porque la Vida exige vivir, y la Propiedad le niega su libertad de vivir; y la Vida no se someterá.

Y no se debería someter.


Continuará hasta el día en que la Humanidad auto-liberada sea capaz de cantar el “Himno al Hombre” de Swinburne:


Gloria al Hombre en las alturas,
Porque Él es el Rey del Universo”




(*) El texto "Acción Directa" fue escrito en el año 1912.

martes, 7 de junio de 2016

"Vida o muerte"




Autora: Voltairine de Cleyre.


Poema escrito en Filadelfia, en Mayo de 1892.



"Vida o muerte"



Un Alma, en el umbral de la Puerta, le dijo a la Vida:
“¿Qué me ofreces?” Y la Vida le contestó:
“Dolor, lucha incesante, desilusión;
Después de ello,
Oscuridad y silencio.” El Alma le dijo a la Muerte:
“¿Qué me ofreces tú?” Y la Muerte contestó:
“Al principio, lo que la Vida ofrece al final.”
Volteándose a la Vida: “¿Y si vivo y lucho?”
“Otras habrán de vivir y luchar después de ti
Teniéndolo más fácil allá donde ya hayas pasado tú”
“¿Y sobre sus luchas?” “Un lugar más sencillo ha de ser
Para otras, que aún queden por rebelarse ante el fúnebre dolor
¡De conquistar la Agonía!” “¿y qué he de hacer yo
Con todxs esas otras? ¿Quiénes son?”
“¡Tú misma!” “¿Y quiénes fueron antes?” “Tú misma.”
“La oscuridad y el silencio, también, tienen fin?”
“Terminan en luz y sonido; la paz termina en sufrimiento,
La Muerte termina en Mí, y tú debes deslizarte del
Yo
Al Yo, como la luz a la sombra y como la sombra a la luz de nuevo.

¡Elige!” El Alma, suspirando, contestó: “Viviré.”


Voltairine de Cleyre

jueves, 31 de marzo de 2016

Esclavitud sexual



Por Voltairine de Cleyre.


¡Noche en la cárcel! ¡Una silla, una mesa, un pequeño lavabo, cuatro paredes vacías, fantasmagóricas a la tenue luz del pasillo de fuera, una ventana estrecha, con barrotes y tapiada, una puerta chirriante! Tras la temible celosía de hierro, entre las paredes — ¡un hombre! Un hombre anciano, arrugado y con el cabello gris, cojo y doliente. Ahí se sienta, en su gran soledad, aislado del resto del planeta. ¡Ahí camina de un lado a otro, dentro de su espacio asignado, apartado de todo cuanto ama! Allí, cada noche de los próximos cinco años, seguirá caminando solo, mientras la edad encanece su cabeza, mientras los últimos años del invierno de su vida se acumulan y su cuerpo se acerca a las cenizas. Cada noche de los cinco largos años que vienen estará solo este cautivo cuya pena se cobra el Estado (y sin más contrapartida que la que el plantador sureño daba a sus negros), cada noche se sentará entre las cuatro paredes blancas. Cada noche de los próximos cinco luengos años una mujer sufrirá tumbada en su cama, anhelando, anhelando el fin de esos tres mil días [sic], añorando el rostro amable y la mano paciente que nunca le habían faltado durante tantos años. Cada noche de los cinco largos años que vienen, el espíritu orgulloso se rebelará, el corazón amoroso sangrará, y el hogar roto debe ser profanado. Mientras yo hablo, mientras me escucháis, allí en la celda de esa maldita penitenciaría cuyas piedras han absorbido el dolor de tantas víctimas asesinadas, igual que fuera de esos muros, por esa pausada putrefacción que devora la existencia, poco a poco… mientras yo hablo y vosotros escucháis, ¡allí está Moses Harman!

¿Por qué? Cuando los asesinos campan en vuestras calles, cuando los sitios de iniquidad han crecido tanto que la competencia ha llevado el precio de la prostitución al nivel de los salarios de los tejedores hambrientos; cuando los bandidos se sientan en los senados estatales y nacional y en el Congreso; cuando la supuesta «fortaleza de nuestras libertades», el sufragio electivo, se ha convertido en un casino donde los grandes apostantes juegan con vuestras libertades; cuando los peores depravados ocupan los cargos públicos y viven a cuerpo de rey alimentados por los idiotas que los apoyan, ¿Cómo es que Moses Harman está en esa celda? Si es un criminal tan grande, ¿por qué no está con el resto de su calaña cenando en Delmonico’s o viajando por Europa? Si es un hombre tan malvado, ¿Qué maravilla hizo que acabase en prisión?

Ah, no, no es porque hiciera nada malo, sino porque, con ánimo entusiasta, buscó y buscó siempre la causa de la miseria de la gente que amaba con esa forma amplia de amor que sólo puede dar un alma pura, buscó los datos del mal. Y en su búsqueda encontró que el vestíbulo de la vida era la celda de una prisión; encontró que la parte más santa y pura del templo del cuerpo, si es que realmente hay una parte más pura o santa que otra, el altar donde se debe depositar el amor verdadero, era destruida, saqueada, pisoteada. Encontró bebés desamparados, pequeños entes sin voz, generados por la lujuria, malditos por naturalezas morales impuras, atacados antes de nacer por los gérmenes de la enfermedad, condenados a llegar a este mundo para penar y sufrir, a odiarse a sí mismos, a odiar a sus madres por tenerles, a odiar a la sociedad y a ver devuelto ese odio; una desgracia para sí mismos y para su raza, sorbiendo los poros del crimen. Y dijo este criminal ahora vestido con el uniforme a rayas, «¡Dejad que las madres de la raza sean libres! Dejad que los niños sean frutos del amor puro, del mutuo deseo de ser padres. Dejad que los grilletes del esclavo se rompan, y que no nazcan más esclavos ni se conciban más tiranos».

Este hombre obsceno observó con claros ojos esa rapiña que llamas moralidad, estampada con el sello del matrimonio, y vio en ella la consumación total de la inmoralidad, la impiedad y la injusticia. Observó que la mujer casada era una esclava que adopta el nombre de su amo, come su pan, obedece sus órdenes y sirve a sus deseos: que atraviesa las penurias del embarazo y los esfuerzos del parto por el dictado de él y no por el deseo de ella; que no puede controlar propiedad alguna, ni siquiera su propio cuerpo, sin su consentimiento; que los niños que de ella nacen pueden ser arrancados de sus brazos al nacer, o que se puede firmar que estén lejos de ella incluso antes de salir de su vientre. Se dice que la lengua inglesa tiene una palabra más hermosa que ninguna otra, hogar [home]. Pero Moses Harman escudriñó debajo del concepto y descubrió el hecho de que era una prisión más horrible que aquella en la que se sentaba ahora, cuyos pasillos se extienden por toda la tierra y con tantas celdas que nadie puede contarlas. ¡Sí, amos! ¡La tierra entera es una prisión, el matrimonio una celda, las mujeres sus prisioneras, y vosotros sois los carceleros!

Este corruptor vio cómo en esas celdas se producían tales atropellos como para dar sudores fríos en la frente, apretar las uñas contra los puños, rechinar los dientes y sentir los labios lívidos de agonía y odio. También conoció cómo de esas celdas no salía ninguna esclava a romper sus cadenas, cómo ninguna se atrevía a expresarse, cómo todos esos asesinatos se producen de forma silenciosa, y que ocultos a la sombra del hogar, y santificados por la bendición angélica de un trozo de papel y al cobijo de un certificado de matrimonio, las violaciones y el adulterio campan a sus anchas.

Sí, es adulterio el que la mujer se someta sexualmente al hombre, sin deseo por su parte, para «mantenerlo en la senda correcta», «tenerlo en casa», como dicen. (Bueno, si un hombre no me quiere ni se respeta a sí mismo lo suficiente como para «preservar su virtud» sin prostituirme se puede ir con viento fresco. No tiene virtud que preservar). Y es violación el que un hombre fuerce a una mujer a tener sexo, se lo permita la ley del matrimonio o no. Y es la más cruel de todas las tiranías el que un hombre haga que una mujer a la que dice amar soporte la agonía de tener niños que ella no quiere y para los que, como es más bien la regla que la excepción, los padres no pueden alimentar. Es peor que cualquier otra opresión humana: ¡es en verdad divina! No hay en la Tierra tirano similar al sexual: ¡uno debe ir a los cielos para encontrar un monstruo que dé vida a sus hijos para luego matarlos de hambre, maldecirlos, expulsarlos y condenarlos! Y sólo por la ley del matrimonio se puede lograr dicha tiranía. El hombre que engaña a una mujer fuera del matrimonio (y que lo hará dentro del matrimonio, claro) puede no reconocer a su propio hijo, si es suficientemente cruel. Él no puede arrancar el bebé de los brazos de ella, ¡no puede tocarlo! La chica a la que afrontó podrá morir en la calle o pasar hambre gracias a la pureza y rectitud de vuestra moralidad. [Pero] él no puede forzar su odiosa presencia ante ella otra vez. 

Pero a su esposa, caballeros, a su esposa, la mujer a la que respeta tanto que consiente que ella fusione su personalidad con la de él, pierda su identidad y se convierta en su cautiva, no sólo podrá hacerle hijos aunque ella no quiera, humillarla a su conveniencia y mantenerla como un mueble cómodo y barato; si ella no obtiene un divorcio (y por esa causa no se concede) él puede seguirla a donde quiera, ir a la casa de ella, comer su comida, forzarla a volver a la cárcel, ¡y matarla en virtud de su autoridad sexual! Ella no tiene ninguna forma de responder a menos que él sea suficientemente indiscreto como para abusar de ella de alguna forma menos brutal pero no permitida. Conozco un caso en vuestra ciudad en el que una mujer estuvo perseguida durante diez años de esta forma por su marido. Creo que al final tuvo el buen gusto de morirse: por favor, aplaudidle lo único bueno que hizo en su vida.

¿No es extraña toda esta parla de la preservación de la moral por parte de la ley matrimonial? ¡Cuánto cuidado en preservar lo que no tenéis! ¡Qué grande es la pureza por la cual se teme que los niños no sepan quién es su padre porque de hecho tendrían que fiarse de la palabra de su madre en vez de los certificados comprados a algún sacerdote de la Iglesia o de la Ley! Me pregunto si realmente los niños están mejor sabiendo lo que sus padres han hecho. Yo preferiría con mucho no saber quién era mi padre que saber que había tratado a mi madre como un tirano. Preferiría con mucho ser ilegítima de acuerdo con los estatutos de los hombres que según la ley inmutable de la Naturaleza. ¿Qué importa el haber nacido de forma legítima «según la ley?» En nueve de cada diez casos el hombre reconoce su paternidad simplemente porque está obligado a hacerlo, y su concepción de la virtud se expresa en la idea de que «el deber de una mujer es mantener a su marido en casa»; consiste en ser el hijo de un mujer a la que le importa más la bendición de Doña Perfecta que el simple honor de la palabra de su amante, y que concibe la  prostitución como algo puro, como un deber, cuando la realiza en beneficio de su marido. Consiste en tener a la Tiranía como progenitor y la esclavitud de cuna. Consiste en correr el riesgo de ser fruto de una preñez indeseada, de sufrir debilidad de constitución «legal», moralidad corrupta antes de nacer, posiblemente de tener un instinto asesino, o de heredar una libido excesiva o nula, cuando cualquiera de los dos casos es enfermedad. Consiste en tener en más estima un trozo de papel, un andrajo de los ropajes rotos del «Contrato Social» que la salud, la belleza, el talento o la bondad; nunca he visto a nadie negar que los hijos ilegítimos son casi siempre más hermosos e inteligentes, incluso las mujeres más conservadoras. Qué terrible debe ser verlos en comparación con sus hijos esmirriados, enfermizos y nacidos de la lujuria, sobre los que pesan las cadenas de la servidumbre de la madre, ver a esos niños hermosos y sanos y decir «¡Qué pena que su madre no fuera virtuosa!»». ¡Nunca dicen nada sobre la virtud del padre de sus hijos, porque saben demasiado bien que no es así! ¡Virtud! ¡Enfermedad, estupidez, crimen! ¡Qué cosa más obscena es esa «virtud»!

¿Qué es ser ilegítimo? Ser despreciado o compadecido por aquella gente cuyo desprecio o compasión no vale la pena siquiera devolver. Ser descendiente, posiblemente, de un padre suficientemente desgraciado como para engañar a una mujer, y de una mujer cuyo crimen más grave fue creer en el hombre al que quería. Es ser libre de la maldición de una madre esclava, venir al mundo sin el permiso de ningún cuerpo de tiranos que acorralan la tierra, y dictan leyes que rigen qué deben cumplir los no nacidos para tener el privilegio de habitar entre nosotros. ¡Eso son la legitimidad  y la ilegitimidad del nacimiento! Escoged vosotros.

El hombre que camina de un lado a otro en la penitenciaría de Lansing esta noche, este hombre malvado, dijo: «Las madres de la raza levantan sus ojos vacuos hacia mí, sus labios sellados hacia mí, sus corazones sufrientes hacia mí. ¡Buscan sin cesar una voz! ¡Los no nacidos que no pueden hacer nada, piden desde sus prisiones, reclaman una voz! ¡Los criminales, con el veto invisible sobre sus almas que les empuja a su infierno tumultuoso, buscan una voz! Yo seré la voz de todos ellos. Yo desvelaré los atropellos del lecho matrimonial. Yo les haré saber cómo nacen los criminales. Yo lanzaré un grito que será escuchado por todos, y lo que sea, ¡sea!». Él publicó mediante una carta del Doctor Markland un caso en el que una joven madre que había sufrido daños por una mala operación tras el nacimiento de su bebé, y que se estaba recuperando, había sido apuñalada sin compasión, de forma cruel y salvaje, no por una daga, sino por el órgano de procreación de su marido, ¡apuñalada hasta casi la muerte, sin rectificación alguna!

Por llamar al pan y al vino, y por usar el nombre de ese órgano, publicado en el diccionario Webster y en todos los diarios médicos del país, Moses Harman se pasea hoy por su celda. Él dio un ejemplo concreto de las consecuencias de la esclavitud sexual, y por ello ha sido encarcelado. Ahora somos nosotros los que debemos continuar la lucha, y abolir la regla con la que le han castigado, difundir el conocimiento sobre este crimen de la sociedad contra un hombre y la razón de dicho castigo; cuestionar este enorme sistema de crimen autorizado, su causa y su efecto, a nivel de toda la raza. ¡La causa! Dejemos que la Mujer se pregunte: «¿Por qué soy la esclava del Hombre? ¿Por qué se dice que mi cerebro no es un igual al suyo? ¿Por qué mi trabajo no se paga como el suyo? ¿Por qué mi cuerpo debe estar controlado por mi marido? ¿Por qué puede tener mi trabajo en la casa y darme como pago lo que le parezca bien a él? ¿Por qué puede quitarme a mis hijos, o mandar que se les envíe lejos antes de que nazcan?» Dejemos que haga esas preguntas.

Hay dos razones para ello, que se pueden reducir a un solo principio: la idea de un Dios autoritario y con un poder supremo, y sus dos instrumentos: el Clero (esto es, los sacerdotes) y el Estado (esto es, los legisladores). Desde el nacimiento de la Iglesia, engendrada entre el miedo y la ignorancia, ésta ha enseñado que la mujer es inferior. En una u otra forma a través de las leyendas y credos míticos subyace la creencia en la caída del hombre por la persuasión de la mujer, su condición de encarnación del castigo, su vileza natural, su absoluta depravación, etc.; y desde los días de Adán hasta la Iglesia Cristiana de hoy, con la que tenemos que lidiar de forma particular, ha hecho a la mujer la excusa, el chivo expiatorio de los actos malvados del hombre. Tan profundamente ha impregnado esta idea en la sociedad que muchos de los que han repudiado a la Iglesia siguen inmersos en esa creencia que adormece la auténtica moralidad. Tan insertado está el autoritarismo en la generación masculina que incluso aquellos que han ido más lejos y han repudiado el Estado se aferran al dios-sociedad y abrazan la idea antigua de que deben ser «cabezas de familia» en armonía con la maravillosa fórmula «de sentido común» de que «El Hombre debe ser la cabeza de la Mujer del mismo modo que Cristo es cabeza de la Iglesia». 

No hace ni una semana que un anarquista (?) me dijo que «yo seré el jefe de mi propia casa»: esto lo dice un «comunista-anarquista», si queréis, que no cree en «mi casa». Hace un año otro destacado orador libertario dijo delante de mí que su hermana, que tenía una hermosa vez y se había unido a una banda de música, debía «quedarse en casa con sus niños: ese es su lugar». ¡La misma vieja idea de la Iglesia! Este hombre fue un socialista, y derivó en anarquista: sin embargo, su más elevada idea para las mujeres consistía en la servidumbre hacia su marido y sus hijos, en la farsa actual que llamamos «hogar». ¡Quedaos en casa, descontentas! ¡Sed pacientes, obedientes, sumisas! ¡Cosed los calcetines, arreglad nuestras camisas, lavad los platos, cocinad para nosotros, esperadnos al llegar a casa y cuidad de los niños! Vuestras voces hermosas no deben deleitar al público ni a vosotras mismas; vuestro genio inventor no debe ser empleado; vuestra sensibilidad artística no debe ser cultivada; vuestro instinto de negocios no debe ser desarrollado; cometisteis el error de nacer con esos talentos, ¡sufrid por vuestra necedad! ¡Sois mujeres, y por tanto amas de casa, sirvientas, camareras y amas de cría!

En Macón, en el siglo VI, según August Bebel, los padres de la Iglesia se reunieron y propusieron la pregunta: «¿Tiene alma la mujer?» Una vez comprobaron que el permiso para poseer una no-persona no iba a dañar sus privilegios, se decidió por una exigua mayoría la espinosa cuestión en nuestro favor. Bueno, santos padres, fue un buen truco por vuestra parte lo de ofrecer vuestra patética charlatanería de «salvación o condenación» (normalmente lo segundo) como un cebo para estimular la sumisión terrenal; no estaba mal en esas épocas de ignorancia y de fe. Sin embargo, afortunadamente tras mil cuatrocientos años ya el tema huele. Vosotros, radicales de la tiranía, no tenéis ningún cielo que ofrecer: no podéis dar ninguna hermosa quimera en vuestros diplomas; tenéis, exceptuando la marca, el respeto por los demás, los buenos oficios y las sonrisas de un negrero. ¡Y todo ello a cambio de nuestras cadenas de por vida! ¡Gracias! La cuestión de las almas ya es antigua: queremos nuestros cuerpos, ahora. Estamos cansadas de promesas: Dios es sordo, y su iglesia es nuestro peor enemigo. Contra ella presentamos la acusación de ser la fuerza moral (o inmoral) detrás de la cual se esconde la tiranía del Estado. El Estado ha dividido los panes y los peces con la Iglesia: los jueces, al igual que los sacerdotes, cobran cánones por cada matrimonio; los dos brazos de la Autoridad se han aliado en la concesión de licencias para que los padres se reproduzcan, y el Estado, como antes la Iglesia, proclama: «¡Mirad cómo protegemos a las mujeres!» Pero el Estado ha hecho más. Muchas mujeres con amos bondadosos, sin conocimiento de las tropelías cometidas contra sus hermanas menos afortunadas, me han preguntado: «¿Y por qué no se marchan?»

¿Por qué no corres cuando tus pies están engrilletados? ¿Por qué no gritas cuando tu boca está amordazada? ¿Por qué no alzas las manos sobre tu cabeza cuando las tienes atadas a la espalda? ¿Por qué no gastas miles de dólares cuando no tienes un céntimo? ¿Por qué no vais a la costa o a las montañas, pobres idiotas acaloradas por la ciudad? Si hay algo que me enfada sobre todas las demás miserias de este maldito tejido de falsa sociedad, es la imbecilidad con la que se dice, con la auténtica flema de la bobería impenetrable: «¿Por qué no se marchan las mujeres?» ¿Me diréis a dónde irán y qué es lo que harán? Cuando los legisladores del Estado se han concedido a sí mismos el control absoluto de las oportunidades de vida; cuando a través de este poderoso monopolio el mercado de trabajo está tan abarrotado que los trabajadores y trabajadoras están rajándose el cuello entre sí para disfrutar del privilegio de servir a sus amos; cuando se envían chicas desde Boston hacia el sur y el norte, en vagones como para ganado, para llenar los antros de Nueva Orleans o los infernales campamentos de leñadores de mi propio estado de Michigan; cuando oyen y ven estas cosas a diario, los biempensantes preguntan: «¿Y por qué no se marchan las mujeres» y al hacerlo sólo merecen lástima.

Cuando América aprobó la ley de los esclavos fugitivos, llevando a las personas a cazar a sus iguales con más ahínco que a los perros salvajes, el Canadá aristocrático y monárquico extendió sus brazos a aquellos que pudieran refugiarse en él. Pero no hay amparo en esta tierra para el sexo esclavizado. Allí donde estemos debemos cavar nuestras trincheras y luchar o morir. Ésta es la tiranía del Estado: niega a mujeres y hombres el derecho a ganarse la vida, y concede ese privilegio a unos pocos privilegiados que deben entregar un pago del noventa por ciento a sus concesionarios. Estas dos cosas, la dominación de la mente por parte de la Iglesia y la del cuerpo por parte del Estado, son las dos causas de la esclavitud sexual.

En primer lugar, han introducido en el mundo el crimen artificial de la obscenidad: han introducido una escala de valores morales tan extraña que llamar a los órganos sexuales por su nombre es una grave ofensa. Me recuerda a una calle de vuestra ciudad que se llama «Callowhill». Antes se la llamaba Gallows’ Hill, por la colina a la que llevaba, que hoy es «Cherry Hill» y que fue lo último que tocaban los pies de muchos asesinados en nombre de la Ley. El sonido de esas palabras era demasiado duro, así que lo dulcificaron, aun cuando los asesinatos no se dejaron de cometer y la oscura sombra de los ahorcamientos sigue colgada sobre la Ciudad del Amor Fraternal. La idea de la obscenidad ha tenido el mismo efecto: ha colocado la virtud en la cáscara de una idea, y ha etiquetado como «bueno» todo lo que queda dentro de la Ley y las costumbres respetables (?), mientras que todo lo malo es lo que contraviene lo que está dentro de esa cáscara. Ha rebajado la dignidad del cuerpo humano por debajo de la de los otros animales. ¿Quién diría que un perro es impuro u obsceno porque su cuerpo no está cubierto con ropas pesadas y agobiantes? ¿Qué pensaríais de un hombre que le pone una falda a su caballo y le hace andar o correr con semejante impedimento para sus patas? La «Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales» lo mandaría arrestar, le quitarían el animal y le enviarían a un asilo de locos en busca de la impureza de su mente. Por el contrario, caballeros, esperáis que vuestras esposas, las criaturas que decís respetar y amar, lleven las faldas más largas y los cuellos más altos, para ocultar el obsceno cuerpo humano. No hay sociedad alguna para la prevención de la crueldad contra las mujeres. ¡Y vosotros, aunque algo mejor, mirad lo que lleváis en este calor abrasador! ¡Cómo maltratáis vuestro cuerpo con la lana que habéis robado a las ovejas! ¡Cómo os castigáis a sentaros en una casa abarrotada de gente con vuestros abrigos y chaquetas, porque Doña Perfecta se escandalizaría ante la «vulgaridad» de las mangas de camisa o del brazo desnudo!

Mirad cómo el ideal de belleza se ha visto corrompido por esta noción de la obscenidad. Contemplad a una de esas esclavas de la moda, con su cintura rodeada por una alta valla llamada corsé, con sus brazos y caderas en un ángulo por la presión que tienen arriba y abajo; los pies calzados con la parte más estrecha donde debería estar la más ancha, sus piernas aprisionadas por la impenitente falda de prisionera; su pelo atado de forma tan ajustada que le provoca dolores de cabeza, que a su vez está cubierta por una cosa sin sentido ni belleza llamada sombrero; en una proporción de diez a uno tendrá una joroba a la espalda como un dromedario… ¡Contempladla e imaginad algo así tallado en árbol! Pensad en una estatua en Fairmount Park con un corsé y un polisón. Pensad en la imagen que da ver a una mujer a caballo. Se nos permite montar, siempre que nos sentemos en una posición que destroza al caballo, que llevemos un hábito lo suficientemente largo como para tapar el obsceno pie humano, y que además llevemos diez libras de piedras para impedir que el viento nos mueva al soplar, arriesgándonos con ello a quedarnos paralíticas si algún accidente nos saca de la silla. ¡Pensad en cómo nadamos! Tenemos que llevar ropa incluso en el agua, ¡y nos enfrentamos a la chufla general si nos atrevemos a atacar las olas sin medias! Pensad en un pez tratando de remontar la corriente con un ropaje de franela empapado obstruyéndole. Pero eso no os resulta suficiente. El vil estándar de la obscenidad mata a los niños con sus ropas. La raza humana muere de forma horrible «en el nombre del» Vestido.

Y en el nombre de la Pureza ¡cuántas mentiras! Qué moralidad más rara se genera. Tenéis miedo de contar a vuestros hijos la verdad sobre cómo nacieron: la más sagrada de todas las funciones, la creación de un ser humano, se ve sujeta a la falsedad más abyecta. Cuando vienen a vosotros con una simple y clara pregunta que tienen derecho a hacer, les decís: «no preguntes esas cosas» o les contáis alguna fábula hueca, o justificáis ese vacío conceptual con otro: ¡Dios! Decís: «Dios te hizo». Sabéis que mentís cuando lo decís. Sabéis, o deberíais saber, que la curiosidad no se verá tapada con eso. Sabéis que lo que podríais explicar de forma correcta, obsequiosa y pura (si es que os queda algo de pureza) lo van a aprender ellos a través de muchos tanteos a ciegas, y que alrededor de ellos estará el pensamiento sombrío de estar haciendo algo malo, engendrado por vuestra negativa a explicarlo y alimentado por esa opinión social prevalente por doquier. Si no sabéis esto, estáis ciegos ante los hechos y sordos ante la voz de la Experiencia.

Pensad en el doble estándar social en el que ha evolucionado la esclavitud de nuestro sexo. Las mujeres que se consideran muy puras y decentes se reirán de la prostituta pero dejarán entrar en sus casas a los mismos hombres que la maltratan. Los hombres, como mucho, compadecerán a esa chica cuando ellos son la peor clase de prostitutos. ¡Compadeceos a vosotros mismos, caballeros, os hace falta! ¡Y cuántas veces vemos a una mujer o un hombre disparar a otra persona por celos! El estándar de pureza lo avala: «muestra coraje», «tiene justificación» el matar a otra persona por hacer lo mismo que hiciste tú, ¡amar a la misma persona! ¡Moralidad! ¡Honor! ¡Virtud! Pasando de la fase moral a la física, coged las estadísticas de cualquier asilo para locos y encontraréis que de las distintas clases, la más abundante es la mujer no casada. Para mantener vuestro cruel, malvado e indecente estándar de pureza (?) volvéis locas a vuestras hijas, mientras que matáis a vuestras mujeres. Así es el matrimonio. No me creáis a mí: consultad las estadísticas de cualquier asilo psiquiátrico o los registros de un cementerio.

Mirad cómo crecen vuestros hijos. Desde su más tierna infancia se les enseña a suprimir sus naturalezas amorosas, ¡a controlarlas en todo momento! Vuestras malditas mentiras incluso oscurecen el beso de un niño. Las niñas no deben ser marimachos, no deben ir descalzas, no deben trepar los árboles ni aprender a nadar ni hacer nada que Doña Perfecta decretara como «impropio». Los niños pequeños sufren el escarnio de los otros, con nombres como «afeminado» o «niña tonta» si deciden que quieren remendar o jugar con una muñeca. Cuando crecen se dice: «¡Oh, los hombres no saben cuidar de la casa ni de los niños como las mujeres!» ¿Cómo van a hacerlo, cuando habéis puesto el esfuerzo más grande de vuestras vidas en arrancarles ese impulso? «Las chicas no pueden soportar esas cosas como los hombres». Entrenad a cualquier animal o planta como a vuestras niñas y tampoco podrá aguantar nada. ¿Nadie va a decirme por qué debe impedirse a ningún sexo realizar deportes atléticos? ¿O por qué ningún niño debería tener restricciones para usar sus brazos y piernas?

Tales son los efectos de vuestro estándar de pureza, de vuestra ley matrimonial. Esta es vuestra obra: ¡contempladla! La mitad de vuestros hijos mueren antes de los cinco años, las niñas se vuelven locas, vuestras mujeres casadas son cadáveres andantes, y vuestros hombres tan pérfidos que muchas veces ellos mismos admiten que La PUREZA tiene una deuda con la prostitución. Este es el hermoso efecto de vuestro dios Matrimonio, ante el que el Deseo Natural debe postrarse y negarse a sí mismo. ¡Estad orgullosos de ello!

Con respecto al remedio, está en una palabra, la única que ha traído igualdad en algún sitio: ¡LIBERTAD! Siglos y siglos de libertad son lo único que traerá la desintegración y el abandono de estas ideas putrefactas. ¡Es lo único que pudo calar las sangrientas persecuciones religiosas! No se puede curar la servidumbre sustituyendo al amo. No os toca a vosotros decir «de esta forma debe amarse la raza humana». Dejad a la raza en paz.

¿Habrá crímenes atroces? Sin duda. Es un necio el que dice que no los habrá. Pero no puedes detenerlos cometiendo el crimen más grave de poner palos a las ruedas del Progreso. Nunca marcharás bien hasta que empieces bien. Sobre el resultado final, no importa nada. Yo tengo mi ideal, muy puro y muy sagrado para mí. Pero el tuyo, igual de sagrado, puede ser diferente y podemos estar equivocados los dos. Pero estoy segura de que mediante la libre asociación, la forma que sobreviva será la más adaptada a cada tiempo y lugar, produciendo la más alta evolución de la especie. Si es la monogamia, la variedad de parejas o la promiscuidad no nos importa: sucederá en el futuro, que nosotros no dictamos.

En favor de esa libertad se expresó Moses Harman, y por ello lleva el uniforme de prisionero. Por eso está sentado en su celda esta noche. No sabemos si es posible que su sentencia sea acortada. Sólo podemos intentarlo. Aquéllos que quieran ayudarnos pueden poner su firma en esta simple petición de indulto dirigida a Benjamín Harrison. A aquéllos que deseen informarse de forma más detallada antes de firmar les digo: vuestra minuciosidad es digna de alabanza. Venid después de terminar la reunión y citaré exactamente lo que pone en la carta del doctor Markland. A esos Anarquistas extremistas que no pueden rebajar su dignidad a solicitar de una autoridad que no reconocen un indulto por una ofensa no cometida, dejadme deciros: la espalda de Moses Harman está encorvada por el peso de la Ley, y aunque nunca le pediría a nadie que se rebaje por sí mismo, le pido que lo haga por quien combate en favor de las esclavas. Vuestra dignidad es criminal: cada hora que pasa detrás de las rejas es un testimonio de vuestra alianza con Comstock. Nadie detesta las peticiones más ni tiene menos fe en ellas que yo, pero por mi paladín estoy dispuesta a buscar cualquier medio que no invada los derechos de otros, aunque tenga poca esperanza de que surta efecto.

Si más allá de estos, hay esta noche quienes hayan obligado a sus esposas al servicio sexual, quienes se hayan prostituido en nombre de la Virtud, quienes hayan traído niños enfermos, no deseados o fruto de la inmoralidad al mundo, sin poder atenderles, y hoy salgan de esta sala para decir que «Moses Harman es un hombre sucio que ha sido justamente castigado» entonces os digo a vosotros, y ojalá mis palabras resuenen en vuestros oídos HASTA QUE MURÁIS: ¡Seguid así! ¡Llevad la oveja al matadero! ¡Aplastad a ese hombre anciano, enfermo y renqueante bajo vuestros pies de gigante! ¡En el nombre de la Virtud, la Pureza y la Moralidad, hacedlo! ¡En los nombres de Dios, el Hogar y el Cielo, hacedlo! ¡En el nombre del Nazareno que predicaba la regla de oro, hacedlo! ¡En los nombres de la Justicia, los Principios y el Honor, hacedlo! En los nombres de la Valentía y la Magnanimidad ¡poneos del lado de los bandidos en los palacios gubernamentales, los asesinos de las convenciones políticas, los libertinos en los lugares públicos, la fuerza bruta de la policía, la gendarmería, los tribunales y la cárcel, para perseguir a un pobre viejo que se enfrentó solo a vuestros crímenes legales! Hacedlo. Y si Moses Harman muere en el «Infierno de Kansas» ¡celebrad cuando lo hayáis asesinado! ¡Matadlo! Así aceleraréis el día en el que el futuro os enterrará bajo diez mil sombras de vergüenza. ¡Matadle! Y así las rayas de sus ropajes de prisionero os azotarán como un látigo cruel. ¡Matadle! Y los locos os mirarán con ojos salvajes brillantes por el odio, los bebés sin nacer llorarán su sangre sobre vosotros, ¡y las tumbas que habéis llenado en el nombre del Matrimonio darán de comer a una raza que se burlará de vosotros, hasta que la memoria de vuestras atrocidades se convierta en un fantasma sin nombre, parpadeando con las sombras de Torquemada, Calvino y Jehová sobre el horizonte del Mundo! ¿Os gustaría verle muerto? ¿Diríais «nos hemos librado de este obsceno»? ¡Imbéciles! ¡Su cadáver se reiría de vosotros desde sus ojos muertos! Los labios inertes se reirían de vosotros, y las manos solemnes, sin pulso, escribirían tranquilamente el último edicto que ni el tiempo ni vosotros pueden eliminar. ¡Matadle, y escribiréis con ello su gloria y vuestra vergüenza! ¡Moses Harman en su uniforme de prisionero está muy por encima de todos vosotros, y Moses Harman muerto seguirá viviendo de forma inmortal en la raza que murió para liberar! ¡Matadle!

Voltairine de Cleyre