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martes, 26 de abril de 2016

Contra el alcoholismo



Por Luigi Fabbri.



El siguiente texto del anarcocomunista italiano Luigi Fabbri (1877-1935) es un escrito que fue utilizado como prólogo a un libro de Tomaso Concordia contra el alcoholismo.


No somos ni parciales ni simplistas. Consideramos la cuestión social como un conjunto de problemas ligados unos con otros, de los que algunos tienen una mayor y más urgente importancia, y otros menos; pero todos tan trascendentes que, si se deja uno sin resolver, los demás no pueden ser resueltos verdadera y radicalmente.

El problema más importante de nuestros días es indudablemente el problema económico, el problema obrero: la característica de la sociedad burguesa, contra la que estamos en guerra, es precisamente la explotación capitalista, la esclavitud del salario, que está íntimamente ligada con el privilegio político, la tiranía del Estado.

Pero nosotros no somos de esos que dicen: "Abolamos la explotación y eliminemos la autoridad del Estado, y todo estará hecho". La solución a la cuestión social significa también resolver problemas morales, educativos, sexuales, higiénicos, religiosos, etc. Son cuestiones secundarias, algunas muy secundarias, pero que no debemos en absoluto perder de vista.

Debemos preparar la llegada de una sociedad de libres e iguales trabajando todo lo posible en todos los campos y en todos los problemas humanos. En todos por lo menos debemos decir lo que pensamos, en coherencia con nuestros postulados libertarios.

La cuestión del alcoholismo es importantísima para nosotros, no solo desde el punto de vista higiénico y moral, sino también desde un punto de vista político y económico, e incluso desde el punto de vista de la práctica de la lucha que entablamos contra la sociedad burguesa.

Sin ninguna duda, la plaga del alcoholismo no se curará ni siquiera disminuirá en sus daños, mientras permanezca la actual constitución económica de la sociedad. Seríamos ridículos si nos dejásemos absorber en la cura de este mal olvidando el resto; mucho más ridículos si pensásemos, como ciertos apóstoles fanáticos de las sociedades de templanza, que el alcoholismo es la mayor plaga de la sociedad actual y, una vez curada, el resto irá mejor.

Pero tenemos necesidad de irradiar también en las masas obreras una fuerza de resistencia contra el vicio del alcohol. Obtendremos poco, pero esto contribuirá a la formación de las conciencias, habituará a un mayor número de individuos a la lucha contra la parte peor de sí mismos, y podrá ayudar eficazmente a un conjunto de obreros cada vez más fuertes y numerosos, que será el fermento sano de un movimiento reformador y revolucionario.

Cada vez es más necesaria la lucha contra el alcoholismo para limpiar el ambiente revolucionario de algunos defectos inherentes al asunto del alcoholismo. ¿Cuántos de nosotros no se convierten en un obstáculo, especialmente en los centros pequeños o en los grupos restringidos, por la influencia deletérea del alcohol? ¿Cuántas energías intelectuales no ahuyenta el alcohol de entre nosotros, convirtiéndonos en presa de la peor corrupción, no solamente íntima y personal sino también política y moral?

Nuestro estupendo amigo Tomaso Concordia ha escrito, respondiendo a esta necesidad de la educación revolucionaria, cosas muy eficaces, que muy oportunamente han sido recogidas en este volumen. Ahora son centenares y centenares los libros y folletos de propaganda entre el público, difundidos con millones de ejemplares, con los que se dan a la luz y se enseñan nuestras ideas. ¿Por qué entre tantos, no debería existir un librito como este, que eduque el espíritu y el cuerpo en la lucha contra el embrutecedor vicio del alcohol al menos entre la minoría que escucha más nuestra voz?

No nos ilusionemos sobre la eficacia de esta especie de propaganda. Sabemos que el número de nuestros lectores será limitadísimo. Seremos nosotros -debemos decirlo- los primeros en reaccionar contra una excesiva importancia dada al problema que nos ocupa, y contra una auténtica especialización de la propaganda a propósito del alcoholismo. Pero también sobre esto debe expresarse nuestra opinión.

Y por mucho que sean imperceptibles los frutos, no se habrá perdido nada. Nada se pierde en el mundo de las ideas, en el mundo moral ni en el mundo físico. Lancemos nuestro pensamiento en medio de los trabajadores, y antes o después fructificará en algo útil y beneficioso para la humanidad, tanto más si, no contentos con decir palabras vanas, sabemos añadir a la prédica la práctica, haciendo también en este campo restringido y secundario la mejor propaganda: la propaganda con el ejemplo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Carta de Errico Malatesta a Luigi Fabbri



Londres, 30 de julio de 1919.


Queridísimo Fabbri:


Sobre la cuestión que tanto te preocupa, la de la dictadura del proletariado, me parece que estamos básicamente de acuerdo.

Se me ocurre pensar que sobre este asunto la opinión de los anarquistas no puede ser dudosa y la verdad es que antes de la revolución bolchevique nadie dudaba. Anarquía significa no gobierno, y por lo tanto con mayor razón no dictadura, que es el gobierno absoluto sin control y sin límites constitucionales.

Pero, cuando estalló la revolución bolchevique, algunos amigos nuestros confundieron lo que era revolución contra el gobierno precedente con lo que era un nuevo gobierno que venía a imponerse a la revolución para frenarla y dirigirla a los fines particulares de un partido, y casi casi se declararon bolcheviques ellos mismos.

Ahora bien, los bolcheviques son simplemente marxistas, que han permanecido honestos. y consecuentemente marxistas, a diferencia de sus maestros y modelos, los Guesde, los Plejanov, los Hyndmann, los Scheidemann, los Noske, etc., etc., que han tenido el fin que tú sabes. Nosotros respetamos su sinceridad, admiramos su energía, pero como no hemos estado nunca de acuerdo con ellos en el terreno teórico, no sabríamos solidarizarnos con ellos cuando de la teoría se pasa a la práctica.

Quizá la verdad sea simplemente esta: que nuestros amigos bolchevizantes con la expresión dictadura del proletariado entienden simplemente el hecho revolucionario de los trabajadores que toman posesión de la tierra y de los instrumentos del trabajo, y tratan de constituir una sociedad y organizar un género de vida en el que no haya sitio para una clase que explote y oprima a los productores.

Entendida así, la dictadura del proletariado sería el poder efectivo de todos los trabajadores dirigido a la destrucción de la sociedad capitalista, y se convertiría en anarquía apenas cesara la resistencia reaccionaria y nadie más pretendiera obligar con la fuerza a las masas a obedecer y trabajar para otros. Y entonces nuestro desacuerdo no sería más que una cuestión de palabras. Dictadura del proletariado significaría dictadura de todos, es decir, no sería ya dictadura, como gobierno de todos no es ya gobierno, en el sentido autoritario, histórico y práctico de la palabra. Pero los verdaderos partidarios de la dictadura del proletariado no lo entienden así y esto lo hacen ver perfectamente en Rusia. El proletariado naturalmente interviene en ella como lo hace el pueblo en los regímenes democráticos, es decir, simplemente para esconder la esencia real de las cosas. En realidad se trata de la dictadura de un partido, o más bien de los jefes de un partido; y es una dictadura verdadera y propia, con sus decretos, con sus sanciones penales, con sus agentes ejecutivos, y sobre todo con su fuerza armada, que sirve hoy para defender la revolución de sus enemigos externos, pero que servirá mañana para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la revolución, consolidar los nuevo intereses que se han ido constituyendo y defender contra las masas a una nueva clase privilegiada.

También el general Bonaparte sirvió para defender la Revolución francesa contra la reacción europea, pero al defenderla la ahogó. Lenin, Trotski y sus compañeros son seguramente revolucionarios sinceros, de la forma que ellos entienden la revolución, y no traicionarán; pero preparan los cuadros gubernamentales que servirán a los que vengan después para aprovecharse de la revolución y asesinarla. Ellos serán las primeras víctimas de su método y con ellos, me temo, caerá la revolución. La historia que se repite: mutatis mutandis, la dictadura de Robespierre lleva a Robespierre a la guillotina y prepara el camino a Napoleón.

Estas son mis ideas generales sobre los asuntos de Rusia. En cuanto a los detalles, las noticias que tenemos son todavía demasiado variadas y contradictorias para poder arriesgar un juicio. Puede suceder también que muchas cosas que nos parecen malas sean el fruto de la situación y que en las circunstancias especiales de Rusia no hubiera sido posible obrar de modo diferente a como se hizo. Es mejor esperar, sobre todo porque lo que nosotros digamos no puede tener influencia alguna sobre el desarrollo de los sucesos en Rusia, y en cambio podría ser mal interpretado en Italia y dar a entender que nos hacemos eco de las calumnias interesadas de la reacción.

Lo importante es lo que nosotros debemos hacer; pero permanezcamos siempre firmes, yo estoy lejos y en la imposibilidad de cumplir mi tarea…