jueves, 28 de julio de 2016

Idealismo y materialismo





Por Errico Malatesta.


15 de Enero de 1924.


Se ha señalado miles de veces que los hombres, antes de arribar a la verdad, o al menos a tanta verdad relativa como sea alcanzable en diversas coyunturas de su desarrollo intelectual y social, tienen la costumbre de caer en la más amplia variedad de errores al mirar las cosas, ahora de un lado y ahora del otro, tambaleándose por ende desde una exageración a su opuesta.
Quiero examinar aquí un fenómeno de este tipo, de gran interés para toda la vida social contemporánea.
Hace unos años todos eran "materialistas". Invocando una "ciencia" que era el uso de los principios generales derivados de un conocimiento positivo demasiado incompleto, se esperaba explicar toda la psicología humana y la totalidad de la azarosa historia de la humanidad en términos de las necesidades materiales básicas solamente. El "factor económico" lo explicaba todo: pasado, presente, y futuro. Toda manifestación del pensamiento y el sentimiento, todo capricho en la vida, el amor como también el odio, las pasiones buenas y malas, la condición de las mujeres, la ambición, los celos, el orgullo racial, todo tipo de relaciones entre individuos y pueblos, la guerra y la paz, la sumisión o la rebeldía en masa, las diversas formas de familia y sociedad, los regímenes políticos, la religión, la moral, la literatura, el arte, la ciencia... todas estas eran meramente resultado del modo prevalente de producción y distribución de la riqueza y de los instrumentos del trabajo en cada época. Y aquellos con una noción más amplia, menos simplista de la naturaleza y la historia humana eran vistos dentro de las filas conservadoras y subversivas por igual como retrógrados carentes de "ciencia".
Naturalmente, esta perspectiva influyó en la conducta práctica de los partidos y tendió a conducir al sacrificio de todo noble ideal en favor de los intereses materiales, los asuntos económicos, no importa cuán nimios e insignificantes fuesen estos últimos.
Hoy, la moda ha cambiado. Por estos días todos son "idealistas": todos se disponen a mirar con desprecio la "barriga", y tratan al hombre como si fuese puro espíritu, siendo comer, vestir, satisfacer necesidades fisiológicas asuntos de ninguna importancia para él, asuntos a no atender, no sea que se comience un declive moral.
No tengo intención de ocuparme aquí de los siniestros extravagantes que hacen del "idealismo" pura hipocresía y un arma de engaño; el capitalista que recomienda un sentido del deber y espíritu de sacrificio a sus trabajadores para así despreocupadamente cortar sus salarios y aumentar sus propias ganancias; el "patriota" que, entusiasmado por el amor al país y el espíritu nacional, devora su propio terruño y, dada la chance, los terruños de otros; o el soldado que, por la mayor gloria y honor de la bandera, explota a los vencidos y les oprime y les pisotea.
Hablo de gente honesta: especialmente aquellos de nuestros compañeros que, habiendo visto que la lucha por la mejoría económica terminó consumiendo toda la energía de las organizaciones obreras hasta que todo el potencial revolucionario ahí se desgastó, y viendo ahora a tanto del proletariado dejándose despojar de todo vestigio de libertad y, aunque a regañadientes, besando el garrote que le golpea en la vana esperanza de que se le garantice el empleo y el pago decente, está mostrando una tendencia a tirar por la borda por desprecio a toda lucha y preocupación económica y a confinar, o, si se prefiere, elevar toda nuestra actividad a las esferas de la educación y la lucha revolucionaria en sí.
El principal problema, la necesidad básica es la necesidad de libertad, dicen; y la libertad puede solamente obtenerse y retenerse mediante fatigosas luchas y crueles sacrificios. Compete entonces a los revolucionarios no prestar atención alguna a asuntos insignificantes relacionados con las mejorías económicas, oponerse al egoísmo que prevalece entre las masas, difundir el espíritu de sacrificio y, en vez de prometer quimeras, infundir en la multitud un orgullo sagrado por el sufrimiento en nombre de una causa noble.
Completamente de acuerdo — pero no nos entusiasmemos.
La libertad, la plena y completa libertad, es por cierto el premio esencial, pues representa la coronación de la dignidad humana y es el único medio a través del cual los problemas sociales pueden y han de ser resueltos en beneficio de todos. Pero la libertad es una palabra vacía a menos que se enlace con la capacidad, es decir, con los medios a través de los cuales puede uno libremente llevar a cabo su propia actividad.
La máxima "quien es pobre es un esclavo" es todavía cierta, aunque igualmente cierta es aquella otra máxima "quien es esclavo es o es vuelto pobre, y por ende pierde todas las mejores características del ser humano".
Las necesidades materiales, la satisfacción de necesidades fisiológicas, son ciertamente asuntos inferiores e incluso despreciables, pero son el pre-requisito básico para toda más elevada existencia moral e intelectual. El hombre es motivado por una miríada de factores de la más diversa índole y éstos dan forma al curso de la historia, pero... Tiene que comer. "Primero vive, y luego filosofa".
A nuestras sensibilidades estéticas, un poco de tela, algo de aceite, y un poco de tierra de color son cosas simples al contrastarlas con una pintura de Rafael; pero sin aquellos materiales relativamente insignificantes, Rafael no hubiese podido nunca plasmar su sueño de belleza.
Sospecho que los "idealistas" son personas que comen a diario y que aún pueden estar razonablemente seguros de comer al día siguiente; y es natural, pues para poder pensar, para poder aspirar a asuntos más elevados, se requiere un mínimo básico, no importa cuán bajo, de comodidad material. Ha habido y hay hombres a la altura de las más altas cimas del sacrificio y el sufrimiento; pero estos son hombres que han crecido en circunstancias relativamente favorables y que han podido almacenar una cantidad de energía latente, que luego entra en juego cuando surge la necesidad. Esa es la regla general, en todo caso.
Desde hace mucho tiempo he tenido relación con organizaciones obreras, grupos revolucionarios, y asociaciones educativas y siempre he notado que los más grandes activistas, los más grandes entusiastas eran aquellos que estaban en las circunstancias menos estrechas y que se veían atraídos, no tanto por su propia necesidad, sino por un deseo de contribuir a hacer el bien y por sentirse ennoblecidos por un ideal. Los verdaderos, los más desdichados, aquellos que pueda parecer que tienen el interés más personal e inmediato en un cambio en las cosas estaban ya sea ausentes o jugaban un rol pasivo. Recuerdo cuán dura e infructífera resultó ser nuestra propaganda en ciertas locaciones de Italia treinta o cuarenta años atrás cuando los campesinos y mucha de la población obrera urbana vivían en condiciones genuinamente brutas, las que me gustaría hoy pensar que son cosa del pasado, aunque los temores de que vuelvan pueden no carecer de fundamentos. Tal como he visto revueltas populares inspiradas por el hambre ser apaciguadas de un golpe con la apertura de "cocinas de campaña" y la distribución de un poco de dinero.
De todo esto, mi deducción es que el puesto de honor va para la idea, la que debe activar la voluntad, pero se requieren ciertas condiciones para que la idea pueda emerger y hacer impacto.
Así nuestro antiguo programa, que anunciaba la emancipación moral, política, y económica no podía separar una de la otra, y que las masas necesitan estar en condiciones materiales tales que puedan permitir el ejercicio de necesidades ideales, se sigue confirmando.
Luchar por la completa emancipación y, mientras se espera y prepara para el día en que eso sea factible, arrebatar al gobierno y los capitalistas todas las mejorías políticas y económicas que puedan desarrollar las condiciones de nuestra lucha y aumentar los números de luchadores conscientes. Entonces, arrebatarlas por medios que no impliquen ningún reconocimiento de los arreglos existentes y que allanen el camino al futuro.
Difundir el sentido del deber y el espíritu de sacrificio; pero tener en mente que el ejemplo es la mejor forma de propaganda y que uno no puede pedir a los demás lo que no hace uno mismo.